viernes, 20 de diciembre de 2013

miércoles, 9 de octubre de 2013

#CabezaAlCubo domingo 06/oct./13

Jorge Moch
tumbaburros@yahoo.com
Twitter: @JorgeMoch
Carroña
Para la televisión la tragedia pinta perlas. La hemos visto por décadas cebarse en la miseria para mercarla a partir de una premisa lamentable por certera: el morbo vende. Por eso existe escoria televisiva como Laura Bozzo en Televisa o Rocío Sánchez Azuara enTV Azteca, personeras de las más lamentables facetas de los medios masivos. Lamentables sobre todo por inescrupulosas. Tiene que andar muy mal el tabulador psicológico de las jerarquías en alguien que convierte delitos pasionales o simples vicios y taras en espectáculo y lo divulga, lo posproduce, lo empaqueta y lo vende a patrocinadores también inescrupulosos. En realidad poco importa el nombre o la esperpéntica personalidad de quien sostiene el micrófono y corre a un lodazal –utilizando malamente, muy malamente recursos públicos, y allí sí hay un delito que perseguir– para salir a cuadro simulando rescates o sufridas asistencias: lo realmente destacable acerca de esos morbosos programas basura que se regodean en la estupidez, la violencia, la carencia de herramientas de convivencia digna que aquejan a millones de mexicanos –y de gente en el mundo, recordemos que la Bozzo antes estuvo aireando pleitos de vecindad en Perú–, creo que tiene tres aspectos principales:
1. El público y sus alcances. Es claro indicador de pobreza cultural que porquerías de programas como los de Bozzo y Sánchez tengan un vasto público de gente miserable que se refocila atestiguando el infortunio emocional, moral o material de otros igual o peor de jodidos. El gran público mexicano de programas como los de Bozzo y Sánchez Azuara es el mismo que celebra chistes homofóbicos, el que berrea un gol el mismo día que le propinan el enésimo gasolinazo o el que participa gustoso en un mitin político o un proceso electoral, pero no porque le emocione ideológicamente, sino por la dádiva que ofrezcan los organizadores. De ese público miserable salen los protagonistas de los episodios de esos programas, actuados, además, como ya alguna vez fue revelado, por cierto, con el mayor disimulo posible, porque darle adecuada resonancia al hecho de que quienes participan en esos programas son actores pagados (pésimos, improvisados, pero actores al fin, que a veces salen en un programa y luego en otro) dinamita esa falsa credibilidad de freak-show con que se disfrazan.
2. La empresa y sus intenciones. Nunca se han caracterizado Televisa y TVAzteca por interesarse en enaltecer las luces de su audiencia, ni por aportar programas que enriquezcan la cultura del televidente, ni siquiera, vaya, por ser veraces y oportunas a la hora de informar a la gente. Antes bien, han sido siempre empresas que se conducen con una lamentable mezquindad –es cosa sabida que quien desaira a la una para irse con la otra es castigado con vetos, prohibiciones y hasta intimidaciones que emplean desde porros hasta oficiosos leguleyos–, aunque ambas comparten una misma característica: han tugurizado el medio. El único motor detrás de cualquier proyecto de las televisoras privadas en México es el máximo lucro posible y una presunta función social sería en realidad un estorbo.
3. Los patrocinadores y su hipocresía. Muchos de los empresarios propietarios o directores de las grandes empresas que contratan espacios publicitarios en esos segmentos lamentables son firmantes de desplegados en otros medios que hablan de educación, o de honestidad, o de ese ramillete de veladas intenciones ultraconservadoras y clericales –enemigas del Estado de bienestar o de la educación laica, por ejemplo– que se ocultan detrás del vocablo “valores”. Como tesis policíaca, simplemente hay que seguir el dinero. Son en realidad los anunciantes y no los televidentes los que mantienen vigente ese tipo de programación.
Ante la evidente ausencia regulatoria de la autoridad a la carroña televisiva hay que exhibirla pero no sintonizarla. Hondas son sus raíces de corrupción y politiquería. Uno de esos rizomas podridos es el deplorable maridaje entre medios y poder, porque el intercambio de servicios y cortesanías, además de contrario a la ética más elemental, traslada potestades de manera ilícita para terminar trucando la democrática utopía constitucional por la televicracia de nuestra triste realidad. Y no están ni en los poderosos medios ni en sus contlapaches políticos las herramientas para contrarrestar esa gangrena del pensamiento colectivo, sino en nosotros, los ciudadanos, en nuestra indignación y en nuestra capacidad, a prueba constantemente, de organización y respuesta.

lunes, 30 de septiembre de 2013

#CabezaAlCubo domingo 29/09/13

Jorge Moch
tumbaburros@yahoo.com
Twitter: @JorgeMoch
Miseria moral
México, literalmente, chapotea en el lodo de sus miserias. Pero el peor de esos fangos es la anemia ética que le chupa los arrestos a cualquier idea positiva de patria. Basta que arrimen a los flancos dos tormentas tropicales para que el aluvión revele la rancia noción por todos conocida de que la corrupción, las continuas francachelas que suponen las licitaciones de obras públicas, de cambio de uso de suelo, de asignación de contratos para construir carreteras, puentes, diques o simples asfaltados callejeros, son el verdadero entramado que han estado protegiendo por décadas, o quizá siglos, los gobiernos que cada tanto destruyen el país a su paso. Somos una nación aquejada de corruptos, de traidores, de miserables que medran y lucran con la desgracia de otros, igualmente miserables pero siempre un poco más jodidos que los perpetradores. Algunos chillamos ante tanta descarada ratería y sus previsibles consecuencias, pero la verdad es que poco hacemos al respecto más allá de lamentarnos, mesarnos los cabellos y maldecir a “esos” pinches otros.
Lo cierto es que ninguna autoridad parece haberse interesado en los señalamientos hechos por ciudadanos y algunas organizaciones cuando se advierte, como en el caso del Dragon Mart en Cancún, que autorizar obras, presuntas urbanizaciones, fraccionamientos signados por la voracidad de empresarios miopes, ebrios de lucro, y otra vez la maldita corrupción de los funcionarios designados para contenerlos, no tendrá más que consecuencias devastadoras. Allí por ejemplo, a propósito de lluvias e inundaciones, las multitudinarias colonias de casitas construidas con materiales deficientes, asentadas indebidamente en vasos lacustres, natural desahogo pluvial de la plataforma del Atlántico en Veracruz, que cada año volverán a inundarse sencillamente porque fueron construidas en zonas en que no se debe construir. Pero hubo el amigo en la firma, el telefonazo del gobernador o el diputado o el alcalde, y claro, detrás de ello, una jugosa, mal escondida, infamante “comisión”.
Pero también basta la desgracia que deja el paso inclemente de una tormenta para que salga a flote el clasismo perverso, la asumida condición de criados de muchos servidores públicos –hasta lo impensable, las fuerzas armadas– para satisfacer necesidades o caprichos de algunos favoritos de la oligarquía. En Acapulco, por odioso ejemplo, cientos de personas tuvieron que hacer larguísimas filas para ser evacuadas por un puente aéreo establecido desde la base de la Fuerza Aérea cuando el aeropuerto comercial hubo de ser cerrado, mientras algunos benjamines del sistema, los ricos y famosos –allí el vergonzoso caso del actor de Televisa, Guillermo Capetillo, su mujer, su asistenta doméstica, sus hijos y hasta su perrito– eran pasados de largo frente a esas filas (hubo quien se fletó al sol hasta diecisiete horas) y guiados hasta la escalinata del avión providencial por los militares que controlaban la operación y que, ante el predecible enojo y reclamo de la gente, con desplantes de prepotencia tan al uso hoy, amenazaban con cancelarles el vuelo y la evacuación…
Allí la miseria moral que impidió que, en lugar de destinar efectivos y vehículos militares para atender la emergencia anunciada desde el día 14, fueran enviados a una farsa de desfile patriotero para arropar el narcisismo insípido de Enrique Peña y el subterfugio televisivo de aparentar un Zócalo con gente. Allí la miseria moral de un director del insuficiente Fondo de Desastres Naturales, que se fue, mientras en el país se multiplicaba la miseria que todo inunda, a regalarse vida de potentado hedonista en Las Vegas. Allí la miseria moral, alimentada por la miseria simple y descarnada, de los damnificados entregados a la rapiña, robándose televisores y computadoras y teléfonos celulares o peleando violentamente por las despensas de ayuda. Allí, flagrante, la miseria moral de las televisoras, ahora usando la desgracia como motor del rating, allí sus miserables técnicos y productores creando pantallas y distracciones, y allí sus miserables personeros usando recursos gubernamentales para montar su circo, como la deleznable Laura Bozzo trepada en un helicóptero del gobierno del Estado de México. Y allí la miseria moral de mucha de nuestra gente, para la que al cabo de unos días todo lo padecido quedará en el olvido, y volverá a sintonizar feliz su telenovela, y a vender su voto o alquilarse de acarreado, y a importarle un bledo que el país termine de ahogarse en la cloaca neoliberal.

viernes, 27 de septiembre de 2013

jueves, 26 de septiembre de 2013

#CabezaAlCubo 26/09/13

Jorge Moch
tumbaburros@yahoo.com
Twitter: @JorgeMoch
República de gritos… y acarreos
México, república de gritos. El de este septiembre ha sido multiplicado y variopinto: el ritual, del cretino de turno leyendo –simulando la proclama–nombres de gente que de haber coincidido en vida hubieran sido enemigos; un septiembre patrio cifrado en dogales, en presión gubernamental y resistencia de los maestros –que también son ciudadanos, aunque las televisoras, brazo mediático del gobierno, se desgañitan para arrebatarles esa investidura cívica que les confiere derechos y no sólo obligaciones– que se negaron a desalojar la plaza pública hasta que les echaron montón, picana, bota, macana y chorro de agua. Un septiembre con un presidente de caricatura que agita una bandera que nunca ha defendido. Su grito, su gritito insignificante, lejos de representar el grito del insumiso independentista, ha sido el balbuceo del obediente recadero de oficina. Qué distinto, qué poca cosa junto al grito del que se manifiesta en plaza pública cuando se le viene encima esa muralla de toletes, escudos y cascos de los fieros miñones del régimen, ese grito que es mezcla de rabia y pavor. Si a gritos vamos, allí el diario del pregonero de la calle y el del pregonero de la élite: el uno que vende elotes o ropa de segunda y el otro que oferta nuestro petróleo y litorales; el del manifestante que cae descalabrado de un macanazo y el del comentarista de la televisión que celebra el toletazo o un gol.
Todos gritamos. Algunos para mantener una pose, los más para tratar de hacernos escuchar. Pero así como se multiplican los gritos, las exigencias, los abucheos y las rechiflas, se multiplican también los oídos sordos y vienen de rebote los rancios llamados del fascio al orden y el respeto por encima de garantías, artículos constitucionales, los más elementales postulados de la decencia o el simple sentido común. Descuellan rebuznos de clasismo y ladridos furiosos del odio racial de siempre. De las que más gritan, porque son correveidiles de otros gritos, otros ladridos, otros perversos susurros a su vez luego amplificados, son las televisoras, las tabuladoras de calidad de los gritos: nos dicen qué gritos debemos escuchar, como el maullido del hombrecito impecable en el balcón de Palacio Nacional cuando filtran con trucos electrónicos las rechiflas del zócalo “recuperado”, mientras sepultan y vuelven silencioso –pero existente a su pesar– el doloroso grito de la miseria, de los que menos tienen, de los aplastados por las botas de los policías antimotines o por las alegres cuentas de los índices fiduciarios.
Gritan los imbéciles que piden despellejar a los que se manifiestan y desaparecer a los que mendigan porque les arruinan el negocio o el paisaje; gritan las víctimas de históricas atrocidades irresueltas: los padres de cuarenta y nueve pequeños que murieron en el incendio de una guardería a los que se les siguen dando excusas en lugar de culpables peces gordos, los deudos de miles de asesinados, las víctimas de masacres que ven caminar libres a sus perpetradores, las madres de las niñas y muchachas que se esfuman todos los días, a las que delante de testigos han sacado a rastras de un bar o “levantado” en una esquina y seguramente son, mientras yo escribo esto y tú lo lees, ultrajadas y violadas en el infierno de la esclavitud sexual. Gritan también, felices, los burócratas y los acarreados en actos de farsa y comparsa. Gritan los provocadores, los halcones y los infiltrados, todos ellos expertos en gritar y sembrar evidencias y pánico.
Para dar el grito, entonces, nada como una buena carnada: de cien a trescientos cincuenta pesotes y un tamal, su refresco, el gratuito “espectáculo” –así llaman al ruido, ese tugurio presuntamente musical con que se entretiene a vastos sectores de la sociedad mexicana cuyo buen gusto se lo tragaron la estupidez y la ignorancia– de una banda o de un cantantillo decadente y su viaje de ida y regreso en un camión urbano proporcionado por alguno de los muchos mafiosos concesionarios que tantos favores deben y cobran, revolventes, al régimen: esos son los modernos motores de la asistencia a la fiesta que fuera alguna vez popular y patriótica –o patriotera– pero al menos voluntaria.
Hoy los asistentes al grito –el del presidente, el del gobernador– son casi todos de utilería: acarreados, la masa necesaria para vestir la simulación, disfrazar el desprecio popular y arropar, por decreto, la debilidad de carácter de un hombrecito insignificante antes y después de estos seis años que no puede entender que no duran para siempre.

jueves, 19 de septiembre de 2013

MARCHA DEL 22/SEP./2013

A todos los locutores y amigos de RadioAMLO les damos a conocer la ubicación del contingente del D. F., saldremos de la Diana Cazadora y el Comité Estatal más Radioamlo Medio Alternativo, Consejo Consultivo y personalidades diversas encabezarán este contingente, en el mapa verán que encabeza la delegación Alvaro Obregón, al frente irá nuestro contingente. 
TODOS UNIDOS A UN SOLO PASO POR LA DEFENSA DEL #PETROLEO

miércoles, 18 de septiembre de 2013

jueves, 12 de septiembre de 2013

jueves, 5 de septiembre de 2013

#CabezaAlCubo domingo 1 de septiembre 2013

Jorge Moch
tumbaburros@yahoo.com
Twitter: @JorgeMoch
Escenas de clasismo, racismo, crueldad e idiotez
Un usuario de Twitter, particularmente agresivo –defensor de atrocidades y atropellos del PRI y por ende quizá priísta– utiliza, para insultar a quienes lo interpelan, la palabra “indígena”. Como él, probablemente mestizo, muchos mexicanos usan las palabras “indígena” o “indio” para acomodar un insulto, marcar al otro con su desprecio y reducirlo, con implícita alusión a esa rancia noción de inferioridad preconizada primero por españoles, después por criollos y al fin por burgueses ignorantes de su propia composición sanguínea, de los pueblos prehispánicos y originarios de esta América durante el centenario despojo de sus riquezas a manos de unos y otros: a los indígenas los conquistadores españoles, que por cierto no se destacaban en el concierto de las naciones por sus luces, los consideraban poco menos que animales. Viejas son secuelas y complicaciones.
El hijo de un amigo, joven abogado, me reclama, a mí que en realidad no tengo vela en el entierro, que los maestros de la CNTEapostados en el Congreso no le permiten el paso a oficinas de la Corte a las que acude a hacer no sé qué trámite. Habla de “maestros de quinta” –supongo que su trámite es “de primera”– y de que “mi partiducho, el PRD” apoya a esos que nomás pierden el tiempo, etcétera. Yo le aclaro que el PRD no es “mi” partido, que no pertenezco a ese instituto político y jamás he militado en él, que si acaso simpaticé con sus plataformas electorales cuando postuló a Andrés Manuel López Obrador. Como sea, las explicaciones sobran: para el joven, indignado y aburguesado litigante, yo formo parte de toda esa parafernalia “de puros pinches indios y nacos” que le estorban. Le estorbamos.
En episodios no relacionados entre sí pero lamentablemente coincidentes, funcionarios de ayuntamientos distintos –uno en Guadalajara, otro en Cancún, otro en Villahermosa– agreden, despojan y humillan a vendedores ambulantes indígenas. En la Guadalajara del alcalde priísta Ramiro Hernández García, los vendedores indígenas, argumentan los inspectores del ayuntamiento, “afean” el centro y de ahí la orden de obligarlos a desalojar las calles. Una estrategia infalible es quitarles sus mercancías. El portal de noticiasPágina 24 documentó el caso en que un prepotente funcionario que se ostentaba como inspector, cuyo nombre ocultan cobardemente las autoridades, arrebató las muñecas de trapo que vendía un niño de extracción indígena, Juan Antonio Hernández, oriundo de Chiapas, y sin más trámite las “confiscó” sin mediar recibos. Es decir, se las robó.
A mediados de julio las redes sociales se inflamaron con las escenas de video de dos patanes, quienes se ostentaron como inspectores de comercio del ayuntamiento de Centro/Villahermosa, tirando al suelo las mercancías de otro niño indígena al que además le roban cajetillas de cigarros. El par de rufianes esta vez sí tienen nombre y apellido: Juan Diego López Jiménez y Carmen Torres Díaz. Esta vez también hay consecuencias: no solamente los funcionarios fueron cesados; han sido detenidos por abuso de autoridad y robo con violencia moral.
El tercer caso, en el Cancún del perredista Julián Ricalde Magaña, es vergonzoso e infamante. Dos inspectores, un hombre y una mujer, despojan de sus artesanías a una vendedora indígena. Es ley, dicen, que los indígenas –en general el ambulantaje– no pueden vender en vía pública en sitios como Punta Cancún porque, como en la perla tapatía, “afean” el paisaje urbano que está al servicio del turismo mayoritariamente extranjero. El alcalde, quien por su presunta extracción de izquierda debería solidarizarse con los desposeídos, en cambio intenta absurdamente criminalizar a las víctimas de la discriminación y hace una afirmación descaradamente imbécil: posee información, afirma, de que los vendedores indígenas también venden drogas. Sin embargo, admite el abuso de autoridad de sus subalternos y supuestamente los sanciona y despide.
Aunque hayan cesado a todos estos esbirros de la prepotencia y el abuso, de fondo lo que subyace en la mentalidad de muchos mexicanos es la superioridad racial o de clase, y la noción idiota de que la vigencia de los derechos es proporcional al nivel de marginación y miseria. En ese imaginario burdo, tiene derechos un ricacho aunque sea un delincuente pero no una indígena porque es pobre y prescindible.

lunes, 26 de agosto de 2013

#CabezaAlCubo domingo 25/08/13

Jorge Moch
tumbaburros@yahoo.com
Twitter: @JorgeMoch
Lázaro Cárdenas, ese privatizador
A pesar de todo lo visto durante décadas en materia de mentís y descaro, de toda la abyección exhibida, el gobierno y sus palurdos compinches de los medios masivos siguen sorprendiendo. La caradura del régimen del que se dice presidente y de sus personeros no es rayana casual en oligofrenia: es una estrategia bien estructurada. La mentira es el mensaje y demagogia es lenguaje. Así de simple.
Antes, al menos salvando las apariencias con un minúsculo prurito de corrección política, se disimulaba un poco la intención escondida, el albazo, la represión. Pero el estilo del nuevo PRI es claro y a su muy retorcida manera contundente: se dice lo contrario a lo que se propina, se le hace manita de puerco a la referencia histórica y cualquier canallada vale con tal de adornar la prepotencia. Porque sí. Porque tienen y son el poder. Porque los dejamos.
Los embates dirigidos desde el corporativismo extranjero a la resistencia histórica de los mexicanos a ceder PEMEX y su cuantioso potencial de fortuna tienen quintacolumnistas en el poder desde mucho antes de que Enrique Peña Nieto fuera impuesto con un fraude electoral evidente y burdo, pero apuntalado con un férreo entramado de complicidades que arruinaron la credibilidad de buena parte de la poca verdadera oposición política, que radicaba hacia la izquierda, prostituyéndola. Ni siquiera es necesaria ya la lectura entre renglones para saber de qué lado masca la corrupta iguana (o debemos decir el dinosaurio): de pronto se le regresan al hermano impune de Carlos Salinas sus caudales; de pronto se esfuma un narcotraficante de cepa; de pronto PEMEX, todavía soportando a un parásito como Carlos Romero Deschamps, se ve al alcance de picos ávidos pero sin esclarecer la tesorería paralela que le inventó el cerdo tartufo Calderón por medio del holding pmi. De pronto, puestos a ver, buena parte del gabinete de Peña viene directamente del salinato que tanto niega, desde la gubernatura del Banco de México hasta la presidencia misma de la paraestatal en venta.
Pero lo que desquicia es, decía, la mentira cínica. La inmensa, intensa, machacona, repetitiva, seguramente onerosa campaña mediática desplegada a toda vela por el gobierno de su Nueva Alteza Serenísima, y que con toda trampa esa campaña se resume en afirmar que las intenciones de Lázaro Cárdenas, precisamente cuando hizo exactamente lo contrario a lo que hace ahora Peña Nieto, eran las de privatizar algunas áreas secundarias de la industria del petróleo. Vaya estupidez. El PRI, su gobierno de pacotilla, los empresarios involucrados que salivan con el trozo del pastel por venir, aventuran revisionismos absurdos, contradictorios, erróneos, para llamarlo de alguna manera que no sea una cadena de obscenidades apenas equivalentes a la vileza y la cobardía de quienes están detrás del jodido tinglado. El solo hecho de que los sátrapas catequistas de la privatización lleven en el hocico el presunto discurso de Lázaro Cárdenas es una bofetada a una de las pocas gestas mexicanas de pundonor y dignidad. Cárdenas fue astuto: estatizó industrias geoestratégicas cuando Estados Unidos e Inglaterra se abismaban en la segunda guerra mundial. No fue un arrebato nacionalista y ya. Fue un cálculo frío, un golpe de mano bien dado a favor no del extranjero sino, siquiera por una vez en la larga colección nacional de derrotas maquilladas, a favor del mexicano. Y una caterva de revisionistas de derechas, de imbéciles avariciosos, se quiere llevar ese logro entre las pezuñas con los argumentos más imbéciles que, bien lo saben, no convencen a nadie. Por eso socorren, perversos, la mentira cínica y sonríen a cuadro, y prometen bondades que no nos van a llegar nunca. Cabrones. Apuestan a la enajenación, al desgaste, al fastidio. A la muy mexicana indolencia. A la cobardía colectiva.
Mientras tanto, el país se nos desmorona en una espiral sin fin de violencia que no pudieron borrar por decreto ni con la sempiterna censura de los medios para los medios. Siguen allí los asesinatos cotidianos, las diarias masacres, los levantones, los atentados, los enfrentamientos, las desapariciones. Y los robos, los fraudes, los secuestros, los yúniors, las familias impunes, la riqueza inexplicable de unos pocos y la miseria avasalladora, creciente de decenas de millones de crédulos, analfabetas, idiotas funcionales, tristemente útiles al régimen. Porque un idiota no cuestiona. Ni mucho menos reclama. Y ni pensar que milite, defienda, haga valla o busque con denuedo justicia.

CARICATURA LOCUTORES #RADIOAMLO


miércoles, 14 de agosto de 2013

#CABEZAALCUBO domingo 11/08/13

Jorge Moch
tumbaburros@yahoo.com
Twitter: @JorgeMoch
Una runfla de Santa Annas
La nación se improvisa y las instituciones siguen el camino de
la suerte, el capricho, las necesidades del desarrollo capitalista

Carlos Monsiváis, Las herencias ocultas
Mientras el grueso de la población se debate entre ignorancia, enajenación y supervivencia, las altas esferas del poder en México siempre han sido origen de arteras traiciones a la patria. La Historia es compendio de asonadas, asesinatos, intrigas y esquinazos: corrupción que da cobijo a una avaricia desmedida y que siempre ha tenido detrás, halando riendas, a quienes saben encauzarlas para servir a fines propios que hoy se llaman “intereses”; otros países cuyas fauces siempre han salivado por nuestra riqueza o nuestro territorio, como España, los Estados Unidos y Francia, Inglaterra o Canadá, desde los olvidables tiempos de la colonia hasta el olvidable y vergonzoso presente; siempre hemos tenido entre nosotros testaferros, disfrazados o descarados, de esa otredad amenazante y ávida. Quizá el exotérico representante por antonomasia de esa fauna sea, por sus extravagancias, el que Carlos Monsiváis señaló, aunque quién sabe si de pronto pensando también en Carlos Salinas de Gortari, como “El modelo inmejorable del oportunismo y la traición, el experto en resurrecciones…”: Antonio de Padua María Severino López de Santa Anna y Pérez de Lebrón, Su Alteza Serenísima, el Quince Uñas.
De veinte uñas sobran pillos casi ciento cincuenta años después. Ahí tenemos enquistados politicastros que en lugar de dedicar vida y obra a la defensa de los mexicanos prefieren el porcentaje de comisión, el prestigio extranjero de utilería y conveniencia, la beca en Harvard o la medallita por los servicios prestados al extranjero: a la par que han empeñado esfuerzos en debilitar industrias nacionales estratégicas –allí los ferrocarriles o los astilleros, por lastimero ejemplo– llevan años tratando de convencer a la gente de las bondades de las privatizaciones, de que es válido ese postulado absurdo –probado el yerro por la realidad hasta la náusea– de que del éxito económico y social de la empresa privada, sin importar su denominación de origen en el mundo global de hoy, brota la derrama de beneficios sociales que la economía de mercado, el capitalismo brutal y especulador que a todo pone precio, obsequia a la sociedad en progresión piramidal. Sí, chucha. Patraña perogrullesca porque todos vemos que la doctrina del capital ensancha abismos en distribución de riqueza y engorda ricachones mientras sigue estrangulando a la clase media, condenándola perentoriamente a habitar en umbrales de esa pobreza que sigue creciendo exponencialmente. Ahí tenemos incrustados empresarios que solamente ven para sus fueros, importándoles un redoblado pepino que se llevan al país entero entre las pezuñas con cada reiterada exhibición de protervia y rapacidad. Son los que además de que sus emporios no pagan impuestos como pagamos los demás –por sus fueros, porque son cómplices de toda una serie de crímenes de hecho y omisión contra la sociedad que los cobija, los engolfa, los ceba y además les da tratamiento de admiración, síndrome característico de los hijos de Malinalli Tenépatl– operan ya como beneficiarios de ese sistema zafio, ya como sus activos propagandistas. Las televisoras privadas que controlan la televisión abierta en México son claro ejemplo: hasta en piezas de presunto entretenimiento –imbécil, huero, banal pero entretenimiento al fin– como las telenovelas, está presente el discursillo privatizador: los dueños de las televisoras, además de la garra con la que controlan el monopolio de las telecomunicaciones, quieren su parte del múltiple y feraz negociazo privado de los energéticos que supondría la intervención empresarial en organismos geoestratégicos como pemex y la CFE.
Una cáfila de daifas del mercado y las presidencias de consejos administrativos, desde el maximato de facto del reelecto Salinas e interpósita gestoría de peña Nieto hasta potentados como Slim y Azcárraga o sus personeros, como Claudio X. González o Emilio Lozoya, es la que pretende regir los destinos del país, aparejarlos al anzuelo que tiran emporios petroleros, bancarios, televisivos y mercachifles que nunca van a privilegiar el bien común por encima de su natural vocación de lucro: nunca van a ver por la mejoría en la calidad de vida de la población en lugar de arrullar su pasión por el rédito.
Es responsabilidad nuestra, el resto prescindible a las élites, el grito, la oposición y la denuncia ante la rapiña. Es nuestro deber defender lo que debe ser de todos. Defendernos a nosotros mismos. Defender. Cerrar filas. Rechazar mezquinos embates. Y sabernos capaces. Y orgullosos.

6to. aniversario de la kuasi resistencia


lunes, 5 de agosto de 2013

#CabezaAlCubo domingo 4 de agosto 2013

Jorge Moch
tumbaburros@yahoo.com
Twitter: @JorgeMoch
Ciclotimia globalizada
Hormigas pugnando por llegar a la
cúspide, y arriba lo que hay es mierda

Juan Cruz Ruiz, Ojalá octubre
Ya no entiendo lo que pasa hoy con la televisión, que es como extrapolar lo que le pasa a la humanidad que se piensa moderna pero sigue siendo, en no poco, medieval. Trivial sustituye trascendente, emergente, peculiar: lo banal engulle todo como discurso unívoco pero disfrazado hábilmente de polisemia. Quedan las redes sociales, que se han vuelto peligrosas desde la perspectiva de más de un marrano encorbatado en su ministerio religioso o político, en su despacho del centésimo piso, allá en la estratosférica torre donde suele habitar el señor. Casas productoras o sociedades científicas, dedicadas a la divulgación de las artes y el conocimiento y las muchas culturas en que se disgrega nuestra especie han terminado convertidas precisamente en antítesis de cultura, ciencia y artes por cuya preexistencia nacieron, por oposición a la estulticia, pues, que hoy las traga. Porque ganó la eficiencia neoliberal, el punto decimal, el concepto de margen de ganancia y perdió la búsqueda de verdad y conocimiento, a los que simplemente se les engrapó una etiqueta de precio.
Mi abuelo, hombre sabio e inquieto, coleccionó durante muchos de sus ochenta y cuatro años, uno a uno, todos los fascículos que publicó la National Geographic Society desde diciembre de 1958 hasta noviembre de 1984. Yo fui ávido lector de esos asomos al mundo, que lo mismo deslumbraban con estupendos reportajes sobre Yellowstone o Alaska que sobre rituales en Bali o nuestras vapuleadas y saqueadas urbes prehispánicas. La obviedad evolutiva de los medios convirtió aquella magnífica revista en un canal de televisión donde, si bien todavía ocasionalmente podemos disfrutar documentales sobre culturas o criaturas que no vamos a tener cerca nunca, la estupidez, el racismo, el velado desprecio estadunidense por sus muchos patios traseros en el mundo han sentado sus reales. El ejemplo más claro es esa deleznable producción, Busted abroad, donde pobrecillos anglosajones aparecen como víctimas de un siniestro sistema carcelario tercermundista donde cayeron, porque son ingenuos y alguien, con harta marmaja de por medio, claro, los engatusó para que transportaran droga o se metieran hasta el colodrillo en un charco de mierda del que algunos no van a salir nunca; en los hechos un programa como ése solamente busca exaltar el nacionalismo ramplón de las potencias, que no soportan que sus ciudadanos sean tratados, cuando cometen un crimen, como cualquier hijo de vecino.
Otro ejemplo es la usualmente respetada BBC, emisora cultural y documental inglesa, famosa por la calidad de sus programas, ahora sumergida en una vorágine de programas diseñados para exaltar y defender una pandilla de vividores que existen porque se ciñen una corona. Desde una parturienta que desquicia a Occidente entero hasta los pormenores de la vida de una reina que en realidad, como todos los reyes y sus reinas (ingleses, españoles, de belleza o carnaval) no son más que, perdóneseme el ruin exabrupto, elegantes huevones con ínfulas de padrote nacional. O internacional, en el caso de la Commonwealth.
O allí la degradación sin descanso de Discovery Channel, que alguna vez no muy lejana fue sinónimo de televisión documental y hoy, mientras abunda en soberanas estupideces sobre ovnis, monstruos misteriosos o apariciones de fantasmas, se ve rebasado por estupendos programas en cadenas comerciales, como Vice, enHBO, la serie que produce el periodista estadunidense Bill Maher y está dando ejemplo de periodismo de investigación.
Porque como dice el también periodista autor del epígrafe con que empieza esta columna, el español Juan Cruz, que de crisis mucho sabe, el periodismo televisivo ha sido asaltado por una caterva de atorrantes que privilegian lo inmediato, lo hueco, lo bobo: “Contra lo que se borra conspira la vanidad, petimetres que se agarran a la barra de la fama o del dinero o de la falsedad o de la ruindad o de la mezquindad o de la nada y alzan su cabeza apolillada como pavos que se pavonean sobre una lata de Coca Cola para decir cuatro cosas como si bostezaran, y regresan al regazo de su estupidez como si hubieran firmado una obra maestra y la mostraran con la arrogancia de los que se sienten caballo y son serpiente.”
Sí, Juan. Coincido también cuando zanjas la inteligencia arremansada y espetas, impaciente poeta: “Oh, veo tanta arrogancia, tanta importancia instalada en las mejillas sonrosadas de la gloria que no sirve para nada, es tan alto el sol y tan pequeña la mano que lo quiere tocar.” Amén.

Exquisita sensación

#salvemosPEMEX


jueves, 1 de agosto de 2013

#CabezaAlCubo domingo 28/julio/2013

Jorge Moch
tumbaburros@yahoo.com
Twitter: @JorgeMoch
Pinche celular
Millones de mexicanos (no todos los que debiéramos en términos de modernidad) utilizamos telefonía móvil y transferencia de datos por internet. El celular y sus parientes, como las tabletas, llegaron para quedarse. De ser extravagante, estorboso artilugio propio de crasos –hace tres décadas poseer un teléfono portátil de maletín o en el auto era presumir muchísimo más dinero que el resto de la perrada– se ha convertido, malamente, en artículo de primera necesidad: la canasta básica contiene huevo, aceite, un kilo de arroz o sopa de pasta… y un teléfono celular. En un país de analfabetas funcionales, de mediocridad generalizada por escuelas “patito” y trabajo mal pagado por empresarios cuentachiles, tener el último alarido de la tecnología telefónica, el celular de marca, el más caro y el más popular es inefable indicativo paradigmático de éxito. Épsito en un país de consumidores de pecsi.
Todos los mexicanos sabemos que el gran beneficiario de la turbia privatización salinista de la paraestatal Telmex es el connacional más rico, y uno de los seres humanos con más dinero del planeta, porque Carlos Slim es ducho para los negocios, pero mucho gracias a nosotros, históricos usuarios forzosos de sus compañías telefónicas, de Telmex y de Telcel, el emporio de telefonía celular más poderoso del país (domina setenta por ciento del mercado). Así que sería lo mínimo deseable recibir, si no un trato preferencial por parte del empresario y sus emporios, sí por lo menos aquello por lo que nos cobra. Carísimo, por cierto. Los mexicanos pagamos mucho más que en otros países por servicios de telefonía e internet. Y raramente entregan las compañías telefónicas aquello que nos ofrecen y que sobradamente cobran: ni calidad de servicio telefónico ni en velocidad ni en ancho de banda. Según datos de la neolibérrima Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), reiterados desde 2005 hasta la fecha, los mexicanos pagamos a Slim y sus competidores, Iusacell, de los Salinas (otros beneficiarios y parientes, también, de las turbiedades privatizadoras del salinato), Movistar et al cuarenta y siete por ciento más por el acceso a internet que en otros países, pero además por un servicio en el mejor de los casos veintisiete por ciento menos eficiente. Y encima restringido: el más reciente acuerdo subrepticio entre telefónicas y proveedores de internet en México eliminó los paquetes ilimitados de internet, de uso corriente en otros lugares. Primero se ofrecieron solamente opciones de 10 Gigas y ahora se ampliaron hasta 30, pero cobrando por las ampliaciones de memoria cifras demenciales en un país con cerca de la mitad de la población viviendo en umbrales de pobreza: un paquete de 30 Gb de Telcel, que es lo más parecido al servicio ilimitado del que algunos usuarios gozábamos antes, cuesta la friolera mensual de mil 700 pesos. La misma OCDE establece los parámetros infamantes del abuso de los empresarios en México: mientras en México el promedio de megabit por segundo (Mbps) ronda desde los 18 hasta los 155 dólares mensuales, en países donde el servicio es casi impecable en cuanto a velocidad y ancho de banda, como Japón o Finlandia, el costo es de .05 dólares o .07 dólares mensuales. Así de brutal la diferencia. Si el proveedor afirma que entrega velocidades de 512 Mbps créanle… uno por ciento o menos. Y no lo digo yo, sino el medidor de servicio de la Comisión Federal de Telecomunicaciones, que si bien ha probado no servir para gran cosa, al menos para eso sí: para documentar cómo y cuánto nos esquilman Slim y sus colegas (pruebe su ancho de banda en http://www.micofetel.gob.mx). Hago la prueba al escribir esto, y en lugar de una velocidad de descarga –prometida– de 1 Mb recibo un promedio de… 0.061. Es decir:  mi proveedor de internet simplemente me roba. Me cobra diez manzanas y me escupe ni medio gajo. Y masticado, magullado, podrido: en lugar de ancho de banda de 512 Kbps recibo apenas 15. Robo en despoblado que he denunciado varias veces para que no suceda absolutamente nada.
Porque la autoridad, la Secretaría de Comunicaciones, la Comisión Federal de Competencia o la Procuraduría Federal del Consumidor están allí de “gestoras” de buena voluntad, de meras observadoras, de nada. De adorno.
Y uno acá, con llamadas ruidosas, servicio intermitente, constantes interrupciones y eso sí: una vocinglería publicitaria sin parangón y sin límite o recato. Y con ganas de agarrar el pinche teléfono y regresárselo al dueño de la empresa que me lo vendió, por salvo sea su rinconcito. Dejen que me lo encuentre.

martes, 23 de julio de 2013

#CABEZAALCUBO domingo 21/julio/13

Jorge Moch
tumbaburros@yahoo.com
Twitter: @JorgeMoch
Según spam, esto soy yo
Debo tener muchos enemigos. Debe haber por ahí afuera, en el mundo cruel, una turba que me aborrece y no teniendo hachones, trinches ni antorchas para convertirse en horda de linchamiento que sitie mi castillo, echa mano de la informática, que ya hemos visto últimamente qué tanto tiene de ventaja comunicativa y qué tanto de poderosa arma del imperio.
A mí, la turba me lanza constantemente, aparte de ocasionales y muy sanas mentadas de madre (sanas porque cada mentada de madre, se dice, es un tumor menos), los venablos informáticos de su spam. Hay de todo. Un constante bombardeo de ofrecimientos deslumbrantes que esconden, como Yago, la daga envenenada de un virus informático, un gusano barrenador de mi privacidad: falsamente amorosos ofrecimientos de todo, de dinero en préstamos, de dinero a raudales en negocios fáciles, de caricias amorosas, de créditos hipotecarios ridículamente baratos… De pastillas para –tiemblo de imaginar que el espionaje moderno llegue a la foto satelital que con nitidez, allende la estratósfera, me atrape en cueros por el ventanuco de mi baño– aumentar el tamaño de mis genitales, para hacerlos más vigorosos, para que mis presuntas amantes (ninguna) o mi mujer (una sola) me recuerden por el resto de sus vidas como el tigre de alcoba más brutal, salvaje, incansable y complaciente que tuvieron la suerte de encamar. Siempre hay un gringo (así los imagino: gringos) queriendo compartir conmigo el secreto para perder peso de Drew Barrymore o Sandra Bullock. Deberían en todo caso pasarme el secreto de Brad Pitt, o de perdis el de Jack Nicholson.
Durante el proceso electoral del año pasado sostuve acaloradas discusiones con la parentela y algunas amistades por correo electrónico y en redes sociales sobre las marranadas del pri y la manera tramposa en que se impuso a Peña Nieto como presidente. Critiqué duramente –y fui duramente criticado por ello– la tibieza opositora y la que entonces me pareció tramposamente pactada manera en que la derecha, representada por el partido Acción Nacional, le hacía el juego al PRI. Como tengo muchos parientes de derechas, la cosa se puso color de hormiga. Y viene a cuento el pleito pasado porque curiosamente alguno de ellos vivió muchos años en Brasil y buena parte de ese correo basura que me satura hoy me llega en portugués. La venganza, supongo, a veces suena a samba.
Pero mi caso es del más prestigioso alcance internacional. Recibo, además del brasileño, spam en español de México, Argentina, Chile y Colombia; inglés gringo, británico y canadiense, francés a saber de qué rincones del mundo y hasta algo que, por los caracteres, supongo chino mandarín pero igual es coreano.
Recibo ofertas de pisos y departamentos en Buenos Aires y en Miami, y a diario avisos de que me gané, otra vez, un depósito millonario porque soy el hombre más afortunado del mundo, y según parece cada diez minutos un emporio mundial decide regalarme desde diez mil dólares hasta diez millones de libras esterlinas por mi linda cara. Soy también un atractivo socio comercial para banqueros africanos, o sus viudas, o sus huérfanas, que se mueren de ganas de que les cobre lo que me dé la gana de comisión siempre que les diga en cuál de mis múltiples cuentas bancarias me pueden depositar esos seis millones de dólares –lo mismo que costaba un hombre biónico en los años setenta– que les urge mover.
Recibo invitaciones dispares que me permiten suponer que se me considera algo así como un Hombre del Renacimiento a la Da Vinci, y que sé prácticamente de todo: siempre hay una licenciada Marlene algo que me ofrece participar en un coloquio sobreoutsourcing, o sobre perforación de pozos en aguas profundas. El licenciado Antonio Lu me avisa que puede llenar mi página web, que no existe, con millones de visitantes, mientras Estephany Domínguez me invita a aprender a operar una planta termoeléctrica de ciclo combinado y, de manera aseadamente comedida, Daniela Morales me dice que limpiarse el culo con papel de baño no es lo recomendable, que debo comprar un bidet.
Así que, haciendo caso de todas esas recomendaciones y ofrecimientos tan amables y generosos, en breve seré un garañón de espectacular virilidad, experto en tecnologías varias y, además, riquísimo, cosa que me hace muy feliz y sentirme muy querido por todos.
Pero no, no me manden más spam, que demasiado éxito en la vida no puede ser sano. Aprovéchenlo ustedes, los que me lo mandan, y si no saben qué hacer con el suyo, siempre queda la posibilidad de hacer un rollito…

martes, 16 de julio de 2013

CABEZA AL CUBO domingo 14/julio/13

Jorge Moch
tumbaburros@yahoo.com
Twitter: @JorgeMoch
La infamia
En ese turbio conciliábulo de poderes económicos, eclesiales, políticos y sobre todo mediáticos que dictan la realidad que nos acogota a los mexicanos, flota una máxima implícita: que nada cambie. Que el lumpenaje siga deslizando en peldaños de miseria. Que los impunes de siempre sigan disfrutando las mieles de la ausencia de escrúpulos; que el erario público siga siendo usado para el enriquecimiento criminal de algunos usando argucias, caretas, prestanombres, contratos con maña, empresas fantasma: que la historia de México, en fin, siga trazada por infamias, por actos de horror, por abuso y explotación, por las más variadas expresiones del desprecio al que tiene menos, sabe menos, puede menos. El clasismo y el racismo instalados como rancias maneras de convivencia tienen en el México postmoderno diversas expresiones que van desde el modelaje de la belleza ajena al mestizaje mexicano que siempre han preconizado los medios, el cine y sobre todo la televisión, hasta el revanchismo de clase en el que se apoya buena parte del aparato político: cada tanto, durante procesos electorales, vastos sectores populares comprados vulgarmente por el Partido Revolucionario Institucional –gremios como los taxistas en Veracruz, como los vendedores ambulantes en el Distrito Federal, como maestros, policías y hasta soldados de civil en Oaxaca, Chiapas, Guerrero– se convierten en momentáneos grupos de choque, en hordas que gritan consignas en mítines y amedrentan o agreden a opositores al sempiterno, monolítico, viejo PRI que nunca cambió, que siempre estuvo allí como lo bocetó con ironía inocentemente malintencionada Augusto Monterroso.
La televisión, disociada de la realidad del país pero asociada en multimillonarios negocios con el gobernante en turno –siempre que ese gobernante no sea un rijoso inconsecuente de verdadera izquierda– cierra los ojos a las infamias de la farsa electorera que vivió México hace una semana y nos platica otro país donde por todos lados surgen atildados funcionarios hablando de jornadas ejemplares, quizá admitiendo algún “hecho aislado”, pero que no “daña el proceso” ni, desde luego, cambia los resultados: seguir en el poder por el poder, por el dinero, porque sí. Por sus huevos.
Las infamias, los crímenes cometidos una y otra vez durante los procesos electorales suelen quedar impunes por parte de sus perpetradores. Las autoridades electorales mexicanas, el Instituto Federal Electoral, el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación y la Fiscalía Especializada para la Atención de Delitos Electorales, perteneciente a la Procuraduría General de la República, en lugar de efectivamente regular el desarrollo de las elecciones en México, de que las campañas de los partidos se ciñan a la legislación vigente y de que en los hechos el sufragio sea respetado, son vulgares comparsas habitadas por testaferros gubernamentales, politicastros que siempre deben a otro el puesto, el sueldo, el bono o el silencio y, en una realidad horrible, nauseabunda, son la encarnación de cómo el poder público es capaz de envilecerse, de prostituir cualquier vestigio de ideal democrático y de convertir el precepto básico de la conservación ímproba de la convivencia política en un chiquero de maquillajes, frases huecas, ladrones de corbata y mucho discurso, y de que el gobierno y sus presuntos organismos de fiscalización, sobre todo en esto de respetar a los ciudadanos el derecho a votar, y en ello a echar del poder al ratero inútil, no son más que una misma pandilla criminal.
Quema y robo de urnas, presencia de rufianes armados, de grupos de choque listos a entrarle a varillazos a la ciudadanía, indebidas, arbitrarias actuaciones policíacas y hasta asesinatos, además de inexplicables fallas informáticas y anomalías estadísticas, todas favorecedoras del sindicato corrupto de mafiosos que es ese PRIque nunca pierde, fueron la constante en las elecciones que se efectuaron en poco más de una docena de entidades federativas. Colofón a tanto acto criminal, a tanta providencial ejemplo de lo que representa la odiosa palabra “corrupción”, el vocinglero triunfalismo de los perpetradores, como Javier Duarte en Veracruz, Rafael Moreno en Puebla o Mario López en Sinaloa, quienes no contentos con haber empollado un huevo podrido, lo cacarean, como si robarle al pueblo el derecho a elegir fuera, en verdad, una jodida proeza. Pero siempre, claro, allí la telenovela, el partido de fut, el chisme jugoso, de putas y padrotes, para que nada más importe.

sábado, 13 de julio de 2013

#radioamlosieteaños invitación

A todo el publico en general locutores. amigos y compadres les invitamos a un programa especial por el septimo aniversario de radioamlo este 28 de julio a partir de las 10 am a las 6pm trae tortas para compartir es de a traje convive con los locutores y participa en los microfonos de radioamlo habra afiliacion a#morena esto sera en victor hugo 19 col. albert delegacion benito juarez a dos cuadras de el metro portales TU ERES PARTE IMPORTANTE DE RADIOAMLO

martes, 9 de julio de 2013

CABEZA AL CUBO domingo 7/julio/13

Jorge Moch
tumbaburros@yahoo.com
Twitter: @JorgeMoch
Útiles villanos
Había llegado el día de la ira y yo fui barrido, con
los otros, seguramente debido a mis pecados.
El agua envenenada. Fernando Benítez
La sociedad mexicana, dúctil y maleable a los dictados de la comodidad histórica que supone el estamento burgués, siempre ha tenido en la disidencia el personaje ideal en que depositar recelo. Los grandes poderes fácticos –muchos grandes empresarios, los banqueros, los ministros de culto, el rancio abolengo que se edificó sobre la barbarie, la explotación y la injusticia– que invariablemente, con o sin sutileza jalan los hilos al poder político, siempre han sido enemigos de la raya en el agua, de los levantiscos, los retobones, los inconformes, los que todo critican y peor, los que se atreven: a contestar, a defender, a alzarse. Las abismales, injustas brechas en la distribución de la riqueza han sido, vaya perogrullada, los motores del descontento. La mecha que muchas veces prendió el polvorín fue, en lugar del diálogo, de la aceptación de tanta infamante desigualdad, de la vocación genuina de servicio público para mejorar las condiciones en que siempre han sobrevivido a contracorriente vastos sectores de la población, la represión. El gobierno, gran actor, es un experimentado manipulador ambidiestro: con mucha mano izquierda pone la mesa para dialogar mientras con la derecha de gorila empuña macana, picana y fusil.
La estupidez del sistema político mexicano demuestra ser cíclica. Una y otra vez, durante la historia de la nación, la desigualdad genera protesta y descontento que casi siempre terminan acalladas con fuerza, violencia y hasta brutalidad asesina. Los medios tradicionalmente sumisos y cobardes suelen convertirse en los más ruines turiferarios de ese quehacer represor e inescrupuloso. Callan, aunque suelen conocerlas al detalle, porque en no pocas ocasiones ellos mismos, los medios, sus poderosos propietarios ayudaron a amasarlas, las inconmensurables fortunas que se sirven los funcionarios supuestamente públicos con argucias que sangran al erario, desde el presidente de la República hasta el policía de crucero. Donde ayer se arrastraba la prensa escrita (buena parte de la cual se sigue arrastrando hoy) reptan ahora los medios masivos, pero ninguno en servilismo abyecto como las televisoras (Televisa, tv Azteca y también, proporcionalmente a su infinitesimal estatura periodística, Cadena Tres, del sempiterno corifeo –y beneficiario– del gobierno en turno que es Olegario Vázquez Raña, el que envileció a Excélsior), dando lastimera sustancia a ese brillante silogismo de Carlos Monsiváis en Los rituales del caos: “Más allá de las apariencias sólo hay apariencias, y el mundo es una sucesión de fachadas, la eterna victoria de los exteriores sobre los interiores, de lo que se ve sobre lo que se sabe o intuye.” México es una fachada de relativa tranquilidad para seducir a la especulación financiera: un apetitoso filón para las voraces trasnacionales, pero en realidad un país cruzado de territorios broncos, con regiones donde no hay gobierno, sino comités de autodefensa ante la ineptitud y la complicidad de los funcionarios de todos los niveles.

Genaro Vázquez
Acabamos de ver hace unos días, otra vez, a la disidencia magisterial, que ahora en Chiapas, en medio de un proceso quizá más próximo que otros procesos públicos a una decisión democrática, de mayorías, ser atacada para que no fuese a cambiar de manos el sindicalismo magisterial, de las marionetas del gobierno a las de los maestros disidentes. En lugar de respeto al proceso interno de las elecciones del sindicato magisterial, incursión policíaca, agentes vestidos de civil en función de provocadores de desmanes con que justificar la carga brutal, las contusiones, los descalabros y, el fin perseguido, las detenciones. Reventar un proceso democrático de elección es especialidad de los gobiernos mexicanos, sobre todo de los surgidos del odioso pri.
Genaro Vázquez y Lucio Cabañas, míticos guerrilleros odiados por los estamentos del poder pero amados por multitudinarias bases sociales, fueron maestros disidentes a los que en lugar del diálogo se les respondió con persecución, violencia, cárcel y, desde luego, denuestos públicos repetidos hasta el hartazgo por los medios cortesanos. Parece que, en materia de magisterio, verdaderamente nunca aprendimos nada. Como que, por ejemplo, la cancelación del diálogo, la imposición de la injusticia y el caciquismo cerril no sirven más que para orillar a la desesperación. Y que la desesperación ahoga el escrúpulo. Y que sin escrúpulo no hay contención.
Y que cuando no hay contención, pero la gente se organiza, se fraguan los peores baños de sangre.

lunes, 24 de junio de 2013

CABEZA AL CUBO 23/06/13

Jorge Moch
tumbaburros@yahoo.com
Twitter: @JorgeMoch
Execrables, impunes yúniors
Hoy más que nunca podemos decir que el poder público, que debería entenderse como servicio a la nación en este país que es trinchera y rastro, no es más que retórica mascarada, la foto de campaña electorera tras la que se agazapa el vil ratero. La lista de funcionarios sospechosos de corruptelas y enriquecimiento criminal, de robarse el dinero del pueblo o de recibir cuantiosos favores económicos al hacerse cómplices y patrocinadores de la delincuencia organizada, es cuantiosa y vergonzante, y descuellan quienes en su momento resultaron electos gobernadores de sus estados a los que, en lugar de administrar con prudencia y cariño o al menos algo de responsabilidad, utilizaron sin un mínimo reconcomio moral para servirse con la cuchara grande, abusando de los recursos oficiales y robándose descaradamente el dinero que, además, en muchos casos, estaba destinado a rubros de particular sensibilidad social, para fondos de desastres o para avituallar hospitales, clínicas y dispensarios en zonas de pobreza extrema. En multiplicados casos, esos gobernadores sólo de nombre pero en los hechos saqueadores de profesión, desviaron recursos para atender emergencias que laceraban a la gente, desde inundaciones hasta epidemias, para fincar multimillonarios negocios propios y darse desde luego una vida de crasos nerones: viajes en avión particular por el mundo, derroches en casinos y hoteles y cruceros, compras copiosas en las más caras tiendas de alta costura, aunque los mandriles, si bien visten corbata de seda y fino zapato italiano, mandriles van a morir. El caso del momento –utilizado como elemento distractor de los otros grandes males nacionales con el concurso de los medios masivos y desde luego en ello las televisoras– es el del priísta exgobernador de Tabasco: Andrés Granier Melo que, cuando llegó a la gubernatura, encontró que su correligionario priísta Manuel Andrade le dejaba una deuda estatal de 450 millones de pesos; Arturo Núñez, el actual gobernador salido de las filas del PRD para desgracia del PRI, denuncia una deuda que glosa más de 23 mil millones de pesos. Sí, 23 mil. Sí, millones.
En lo que parece no reparar gran cosa el escrutinio público y su cauda de sana pero efímera indignación es en el papel que en estos lamentables casos juegan los benjamines de esos mandatarios metidos a rateros vulgares. La mayoría de las veces porque, aunque puedan terminar en chirona, los muy desgraciados siguen manteniendo el control de enormes cantidades de dinero con las que pueden comprar desde versiones de prensa hasta brutales venganzas, y siguen manteniendo muchas veces, también, los suficientes hilos con que mangonear una intrincada red de complicidades, desde favores debidos hasta la más burda de las extorsiones. Lo cierto es que en casi todos los casos, las hijas y los hijos de esos que ostentaron algún cargo público y de los que se sabe que tienen –sin que se sepa bien cómo pero mucho se sospeche que mal habido– caudales de dinero y, con dinero, poder, se desvanecen de la luz pública, se vuelven difusos, se nos olvidan. Y andan por ahí, dándose una vida de princesitas y reyezuelos a costillas de nuestra estupidez, nuestra ignorancia y nuestro conformismo. Fabián Granier Calles, el hijo del químico tabasqueño cínico y voraz, y sus hermanas Paulina y Mariana, o Luis Armando Reynoso López, hijo del exgobernador de Aguascalientes, son sólo los más recientes de una larga lista en que cada nombre es una bofetada de desprecio al mexicano. ¿Por qué no se investigan las trayectorias y negocios seguramente boyantes y multimillonarios pero hechos al amparo del desfalco y la corrupción; los viajes y cenas y compras y autos y yates de los hijos de Salinas?, ¿o los del los hijos de Miguel Alemán?, ¿o los de Romero Deschamps?, ¿o los de Yunes Linares?, ¿o los de los hijitos de Martita?, ¿o los de los retoños de Fidel Herrera, Carlos Marín, José Murat, Ulises Ruiz, Ernesto Ruffo y los que se antoje recordar?
¿Quién los llama a cuentas? Educados en la más recalcitrante noción de superioridad nacida de algo tan vulgar como la corrupción y el indebido ejercicio del poder, esos yúniors execrables nos deparan otra vuelta de tuerca cuando, al paso de los años y con cinismo colosal se postulan –o son postulados por esa plataforma criminal que soslayó las fechorías de sus padres– a cargos públicos, preservando precisamente los usos y costumbres que tanto han lastimado y depauperado a este país.


Y nosotros, con perdón del respetable, acá seguimos, de sus pendejos.

miércoles, 12 de junio de 2013

COMENTARIOS ACERCA DE LA RESOLUCION DE MORENA EN GUANAJUATO

LES DEJO UN COMENTARIO DE UNA PERSONA QUE ADMIRO MUCHO Y QUE ES AMIGO Y COMPAÑERO DENTRO DE MORENA RESPECTO A TODO LO QUE HA SUCEDIDO ACÁ EN GUANAJUATO CON LA IMPUGNACIÓN QUE SE HIZO, POR IR EN CONTRA DE LOS ESTATUTOS EN LAS ELECCIONES ESTATALES Y TAMBIÉN EN LAS MUNICIPALES:

Pues era de esperarse Yazmín que hubiera desacuerdo de varios que conocen a Ernesto. ¿Recuerdas que yo también te comenté antes de conocer más detalles que me extrañaba mucho de Ernesto, pues cuando yo lo conocí compartimos muchas ideas y principios?. Sin embargo, la decisión de la CNHJ es algo que fortalece a MORENA, que confirma que la voluntad de cambio es real y por otro lado... hay que tomar las cosas de quien vienen... aún hay varios en la dirigencia que siguen pensando que hay que ser permisibles y "tolerantes", cuando fue eso lo que arruinó al PRD, pero seguramente no a ellos. Acerca de AMLO, creo que puede estar sintiendo algo similar a lo que yo siento: tristeza por el amigo que incurre en esas prácticas, pero convencido de que la decisión es la correcta, justa y congruente con lo que esperamos que sea esta nueva organización política donde no haya espacio para la impunidad.

jueves, 6 de junio de 2013

jueves, 16 de mayo de 2013

CABEZA AL CUBO domingo 12/mayo/2013

Jorge Moch tumbaburros@yahoo.com Twitter: @JorgeMoch
Obama o la carabina de Ambrosio
Allá en la cloaca de la política hay quienes piensan que están en la cima. Y que la visita del presidente de Estados Unidos supone, para ponerlo en telenovelescos términos que le vienen bien al que le queda el saco, “alcanzar una estrella”. Y significó, claro, la enormidad urbana del operativo: diseminar con impecable logística de guerra un hormiguero de miñones armados hasta el colodrillo, algunos disimulados, otros de uniforme, porque los bichos peligrosos desde el color avisan: por aquí no se pasa, y aquello del “libre tránsito” y parecidas argucias con que la gente insensata se quiere pensar emancipada, quedó convenientemente cancelado. Y hubo pues el cierre de calles y avenidas, la prohibición de acercarse uno a determinados espacios públicos y mejor camínele por allá, joven, porque estas calles ya no son suyas ni mías, sino del gringo. Y hasta se cerró, con terribles afectaciones para decenas de miles de personas, el aeropuerto más grande del país, para que un solo ser humano se subiera tranquilamente a su propio, enorme, desmesurado avionsote, porque a pesar de ser dueño de uno de los más terribles arsenales nucleares del planeta, y a pesar de tener a su servicio millones de asesinos entrenados, y a pesar de ser el gran devastador de naciones enteras y de tener el control de drones robóticos de destrucción masiva, y a pesar también de vivir rodeado de una cohorte de espías y expertos en combate y maniobras de evasión, es un hombrecito que vive aterrado, como suelen vivir todos estos hombrecitos que dicen gobernar. Y los medios en México, fíjate, Televisa y TV Azteca, enloquecieron, ruidosos como guacamayas, y desde la crónica exaltada micrófono en mano hasta el cejijunto análisis con voz grave y corbata calada, desgranando frases ya antes repetidas hasta la náusea, como “el mayor socio comercial” o “la frontera más amplia y transitada del continente y del mundo” y llenándose los hocicos con frases de la utilería coyuntural, como “balanza comercial”, nos dijeron todo lo que se dijo: que Obama vino a cantar elogios.
Pero nada más. Por más que se desgañitaron los histéricos locutores televisivos, por más que las vocerías del gobierno repitieron cada palabra o intentaron crear un aura de misterio a las conversaciones a puerta cerrada, nada más. A pesar de que el gringo se aventuró a citar a Juárez o a hacer un aguado actito de contrición por la cantidad de armas que los suyos nos meten para que nos matemos, nada. A pesar de que hasta se atrevió, condescendiente y magnífico, a tirar la migaja del discurso sobre la tan manoseada reforma migratoria, nada más. Porque las armas van a seguir metiéndose para que nos sigamos matando. Y Estados Unidos va a seguir haciendo cuanto chanchullo se le ocurra para chingarnos el petróleo y embucharnos su gas y su gasolina carísimos, que en realidad eran los nuestros, pero bueno. Y Estados Unidos va a seguir propiciando el perfil racial y la persecución, la negación de derechos elementales a los migrantes, y va a porfiar en prácticas deleznables como la deportación, por decenas de miles, de niños solos y abandonados por el racista hecho de ser latinos.
A los mexicanos que no somos Enrique Peña, que el presidente gringo elogie la “democracia mexicana” cuando recién vimos el escandaloso aparato con que se compran los votos y cómo se usan programas sociales con fines electoreros, suena más a burla que a sincera apología; y a que, si acaso, Barack es un fino artífice de la sorna.
Pero nada más. Y la verdad cruel es que a la inmensa mayoría de los mexicanos, porque México es mucho más que unas calles de Polanco, la visita del señor Obama nos importó un puro pepino, o menos que eso. Y sus elogios de una realidad distorsionada por el grosor de los vidrios antibalas de su cochesote, esas frases llenas de optimismo de supermercado a nosotros, que vivimos en el México de veras, nos calaron todavía menos. Porque Obama vino a elogiar a México para, como bien apunta Denise Dresser –el mote atinadísimo, de “porrista del Potomac”, bajar allá, en su congreso y entre sus votantes, la imagen del mismo eu como proveedor de muerte y terror en una guerra de antemano perdida y causada, además, por el ávido antojo de sus millones de drogadictos. Y si acaso, para congraciarse con los más de treinta millones de mexicanos que viven allá, que al final no dejan de ser un montón de votos contantes y sonantes.
Pero nada más.

LA BOTANA programa semanal


miércoles, 8 de mayo de 2013

CABEZA AL CUBO domingo 5 de mayo 2013

Jorge Moch tumbaburros@yahoo.com Twitter: @JorgeMoch
¿Reporteros o halcones?
Dicta el canon que no debo empezar una columna haciendo preguntas, pero ¿no están ustedes hartos de que Televisa y TV Azteca en su quehacer malsano de vocería gubernamental inviertan tanto dinero, tiempo y esfuerzo en manejarnos la  opinión?, ¿no estamos muchísimos mexicanos hasta el cepillo de tanta omisión tramposa, de tanta ruinosa mentira siempre con el sesgo de la disculpa a la pandilla de rateros que dicen gobernar este país? Tratando de poner generosamente aparte elencos y equipos de producción de bazofias como telenovelas y programas de concursos o telerrealidad, aunque allí también exhiben las televisoras su desprecio por el libre albedrío del público mexicano (para muestra de manipulación del ideario colectivo, este video donde dos actricillas pretenden, en diálogo acartonado y sobreactuado, dejarnos claro lo beneficiosas que nos han de resultar las privatizaciones a lo pendejo) cada vez queda más claro –si alguna duda hubo– que las grandes testas del duopolio televisivo están habitadas por verdaderos patanes. Quién sabe si las cúpulas sean igual, pero por lo pronto sus contingentes de informadores, conductores y seudorreporteros suelen ser auténticos gañanes que con el gafete de periodista y una constante exhibición de prepotencia –y su consecuente dosis de impunidad– recuerdan a los insufribles judiciales de los años setenta, arbitrarios hasta el carajo, siempre con la charola en ristre y el desprecio a flor de hocico.
Es absurdo y vergonzante que un periodista se comporte como si fuera policía o soldado de dictadura. Televisa y sus empleados e imitadores llevan décadas retorciendo el concepto de periodismo televisivo porque eran dueños únicos de cámaras y espectro radioeléctrico (que al menos en la teoría sigue siendo tan tuyo o mío como de Azcárraga…) pero hoy que todos tenemos en la calle una cámara y una conexión a internet, la herramienta de que se valen las televisoras para construir esa complicidad imbécil con el poder, el video, se vuelve en su contra para desnudar la tesitura moral de sus propios alecuijes. Y me refiero en concreto a esa panda de infelices que se apersonaron el 26 de abril, presuntamente para cubrir el conflicto provocado en la torre de la Rectoría de la UNAM, “tomada” por un grupo de supuestos estudiantes para exigir cumplimiento a un pliego de demandas. Se trata del momento en que un camarógrafo de Televisa, despojado del uniforme de la empresa, se disfrazó de presunto activista: camisola de tipo militar con camuflaje, pasamontañas, pañuelo y lentes oscuros para ocultar el rostro, y que, ahora dicen que de manera juguetona, uno de sus contlapaches, ese sí con la chamarra y el logo de Televisa, condujera una presuntamente falsa entrevista en la que, haciendo mofa de los activistas, pide cigarros y cervezas como condición para desalojar Rectoría. A cuadro se ve que otros reporteros de otras casas –destaca un risueño gordo con chamarra de TV Azteca– celebran sus gracejadas… hasta que los sorprenden los verdaderos activistas y se arma la rebambaramba (aquí el video de la secuencia completa publicado en internet por Aristegui Noticias). Luego los mismos patanes, al verse rodeados por activistas francamente encabronados, se ponen altaneros (acá otro segmento) sólo para ser presionados, insultados y finalmente, luego de algunos manotazos, largarse de allí con gesto digno y la soberbia machucada. Imagino que después, en los noticieros de la empresa, se dijeron atacados por una turba (hace mucho que no los sintonizo porque me vomito).
Al margen de si están aburridos esperando la nota o si están en desacuerdo con los paristas que tienen tomadas las instalaciones, no es ni su deber ni virtud ninguna mofarse o tratar de infiltrarse en las filas de los activistas. Quizá esa era la idea, defenestrar la imagen de los activistas, hacer el juego sucio al poder que ve con asco y temor las manifestaciones de exasperación, que suelen ser poco tersas, de la sociedad.
O quizá se trataba de simples miñones de Gobernación que cobran paga en doble ventanilla y fueron descubiertos.
Mientras, el país se desmorona y pudre, y las televisoras siguen metiendo impunemente quintales de mierda a las casas de la gran familia mexicana.