sábado, 3 de mayo de 2014

#CabezaAlCubo domingo 27/Abril/2014

Jorge Moch
tumbaburros@yahoo.com
Twitter: @JorgeMoch
Mundos aparte
Para Osiel y Nabor, aunque no me crean
La televisión mexicana es católica y excluyente. No la recuerdo avisando al público del Ramadán o cubriendo la celebración de Rosh HaShaná o de Iom Kipur para la nutrida y poderosa comunidad judía mexicana. Ni qué esperar de un respetuoso seguimiento a festividades wixárika o siquiera sincretistas, como matachines. En cambio, lleva y trae apariciones y conmemora crucificados, santos y vírgenes con enjundia de beata criolla. Recién las calles de México y buena parte del mundo fueron serpollar de penitentes rezos y procesiones invariablemente repetidos en la televisión y ligados a la parafernalia cristiana del catolicismo y en algunos casos –Filipinas, Atlixco, Iztapalapa– a las más lamentables, absurdas expresiones de la involución: cómo respetar al creyente que se flagela en pos de un amor divino, si empareja en autodestrucción con el presunto martirio del islamita radical que se inmola para, mientras busca la erradicación sin diálogo posible en la conflagración de infieles que no creemos en su dios iracundo, terminar recostado, según le prometió su imán, en una nube rodeado de once mil vírgenes deseosas. El summum de la manipulación psicológica que tanto socorren los monoteísmos teocráticos; una regresión a tiempos que debimos dejar siglos atrás, como en el primer tomo de las crónicas que redactó con abundantes pormenores de sus andanzas en Sudamérica durante 1767 el explorador francés Louis Antoine de Bougainville, Viaje alrededor del mundo (Calpe, Madrid, 1921), minuciosamente traducidas por Josefina Gallego de Dantín: “Los indios tenían por sus curas una sumisión de tal modo servil, que no solamente se dejaban castigar por el látigo, a la manera del colegio, hombres y mujeres, por las faltas públicas, sino que venían ellos mismos a solicitar el castigo de las faltas mentales…”
El cristianismo católico, convertido en agente social y salvo contadas y muy respetables excepciones, preconiza un comunismo filial de misericordia, compasión y generosidad compartida mientras que en la triste realidad es república de abismales distancias entre ricos y pobres. Los curas –y las monjas– suelen ser gente de la que se dice que viven en austeridad pero gozan de enormes privilegios cotidianos (automóvil propio, un techo seguro, una comida caliente ya son privilegio en muchas regiones del mundo y particularmente en esta parcelada América Latina nuestra, en este mexicano patio trasero de Estados Unidos), y hasta llegan a gozar de servidumbre. Recuerdo a los tres curas (dos españoles y un mexicano) de la iglesia de Santa Rita en el Veracruz de mi infancia: tenían mucama, cocinera, jardinero y mozo. Recuerdo haber ido invitado con mis padres a cenar a su casa una vez; platones con fruta, comida abundante, la mesa servida por gente de piel morena. Me avergüenza haber estado sentado en esa mesa aunque fuera un mocoso. El cura en México suele ser –insisto, aunque haya contadas, valiosas excepciones– el rico del pueblo o una suerte de Señor del Barrio quizá hasta muy recientes fechas desplazado por el narco: tradicionalmente el cura parroquial está por encima del jefe de manzana. Y no se diga si se pertenece a una de esas congregaciones ricas, como los legionarios de Cristo pero también muchos jesuitas, salesianos o maristas. Ahí se vive en un mundo aparte.
La brecha de la injusticia, contra la que se supone que combate el ministerio cristiano, forma parte de la histórica resistencia de la Iglesia católica al cambio democrático. Es parte de su historia de boatos e intrigas palaciegas, de constantes pulsos de autoridad con reyes, ministros y presidentes. México tiene en su historia contemporánea mucho de qué avergonzarse al respecto. Personeros de la Iglesia católica mexicana viven como auténticos reyes, señores feudales, gobernadores de la época de la colonia (o actual) incluso en retiro que se supone humilde. Véase cómo viven, visten, viajan o comen Norberto Rivera Carrera, Juan Sandoval u Onésimo Cepeda. Cómo es el cotidiano acomodamiento de José Guadalupe Octavio Martin Rábago en León, o el de Rogelio Cabrera López en Monterrey. O cómo vivió Maciel. Ninguno de estos boyantes modos de vida será desde luego documentado en la televisión. Ni cuestionado. Los embajadores de dios en la tierra se han hecho y se hacen respetar mientras al pueblo, además de rezos y tradiciones, le queda el fino entretenimiento televisivo, la distracción de ésos que, volviendo a monsieur de Bougainville, son “juegos, tan tristes como el resto de su vida”

lunes, 21 de abril de 2014

#cabezaalcubo domingo 20 abril 14

Jorge Moch
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Espinita
Al hombrecillo le choca que lo critiquen, que se mofen de él, que lo ridiculicen. Le choca pero aguanta, qué remedio, porque en el oficio de reptar se le endurecen a uno las escamas del lomo. No tanto que se vuelva tortuga, pero sí lo suficiente para que la dureza de la piel aguante piquetes de tanto mosco trompetero. Siempre queda además el viejo recurso bifronte de plata o plomo. Como el plomo es en política a veces el más caro de los minerales, con plata basta. Al hombrecillo lo que realmente le revienta el ánimo y se lo vuelve avieso es ser desafiado. Eso sí que no. Quizá el hervor sanguíneo que lo aqueja de porrazo cuando alguien le planta cara le viene de la niñez, porque siempre fue, como de miras, de corta estatura y hay bajitos que lo pasan mal de párvulos, no hay respeto. Algunos encajan con astucia los vericuetos de la carrilla, pero otros crecen envenenados. Nunca falta un chaparro rencoroso, que cuando tiene poder se vuelve predeciblemente vengativo. Y después de vengativo, autoritario. Por eso el hombrecillo no necesita de consensos que más bien estorban y suponen, precisamente, retos a la incuestionable solidez de su autoridad. Por eso usa tacones gruesos en los zapatos y podios a modo cuando se puede. Por eso alguna vez ha ordenado actos de brutalidad policíaca y represión sin maquillajes que luego, engallado y muy macho mexicano, cómo chingados no, asume sin tapujos. Aunque en los tapujos haya violaciones en pandilla, hartos descalabrados y algún muertito. Al fin de cuentas, los que se le plantan adrede se llevan lo que andan pidiendo a gritos. Cárcel a los rijosos, esos violentos que se oponen, es lo que merecen. Porque desestabilizan el régimen (y espantan inversionistas); porque trastocan el orden establecido (y asustan turistas); porque lo hacen quedar mal (y lo hacen pasto de humoristas).
El hombrecillo sabe que al final del día la calle no es problema, la tiene ganada. Ya los quiere ver cuando desembarquen granaderos y antimotines, tanquetas y camiones chorrito. Secretamente está fascinado con las transformaciones de presuntos insurgentes en víctimas de ojos desorbitados y toses convulsas. Tiene filmaciones que repasa a veces en cámara lenta para disfrutar despacito la metamorfosis, como saborear el derretimiento de un chocolate. No, las calles no son bronca. Ni siquiera los levantados, los que se arman para autodefenderse; ni modo que luego, a la hora de la hora, se vayan a poner a los cabronazos con soldados de a de veras…
No. El problema no está en calles ni campales, ni en escondrijos serranos, ni en siglas de ejércitos de desharrapados malnutridos cuyos grandes logros estratégicos serán un par de antenas de alta tensión, quizá una estación repetidora de televisión y en un relámpago de fortuna a lo mejor hasta una toma momentánea de un cuartel o un pozo petrolero. No.
El problema es de medios, y por tanto de percepción. Pero no en los medios tradicionales, que están bien amarrados con la correa de la complicidad, el dinero y las concesiones condicionadas.
El problema son las redes, donde lo caricaturizan y bañan de blasfemias y denuestos. Pero sobre todo donde se desdibuja mordisqueada la incuestionable solidez aquella de su autoridad. Para uno cortito que, como el hombrecillo, padece miopía del calendario un sexenio se vislumbra eternidad: la encantadora banda de Moebius en cuyo infinito tránsito dignatarios y pontífices le seguirán tratando de usted. No hay prisa, está bien intercalar algún período vacacional, de oportuno filo estratégico. Vendrá el anhelado ajuste de cuentas, dulce instante de venganza en que podrá cobrar a un país entero la abominación de haberse tenido que ocultar, una olvidable ocasión en que fue candidato, en el angustioso recinto de un cuarto de baño mientras su cara de miedo recorría desbocada los groseros cauces de las redes sociales. En qué mala hora, dios suyo, el pinche internet se volvió de veras un instrumento democrático aunque la baza de la pobreza juegue a favor del régimen y el vasto lumpenaje vaya a seguir sin conectarse a Facebook por unos buenos cinco o diez años más, y ya para entonces habrá transcurrido su sexenio, para bien o para mal, y él pasará a los cincuenta y tantos a feliz retiro vitalicio –de preferencia en primer mundo, donde pueda uno pasear sin remordimientos en su Lamborghini–, rodeado de comodidades que, previsor, ya está preparando desde ahora, amarrando tratos con los que mueven el dinero, que son los que de veras mueven al mundo todo.

martes, 15 de abril de 2014

#cabezaalcubo domingo 13/04/14

Jorge Moch
tumbaburros@yahoo.com
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De inmundicia y nepotismo
En México unos pocos acumulan riqueza obscena mientras millones gastan enormes esfuerzos en garantizar modos de vida magros, de simple supervivencia en extremos de marginación y miseria: los que acarrean agua y sortean drenajes a cielo abierto, los que padecen altos índices de alcoholismo y analfabetismo, violencia intrafamiliar, las más altas tasas de mortalidad infantil y donde los niños que sobreviven lo hacen para toparse con que no hay más futuro que cruceros donde limpiar parabrisas, activo para espantar el hambre, indiferencia o caridad forzosa del otro, los altibajos de la delincuencia y la ruta de las drogas. Es el pueblo para las élites llano, invisible, sacrificable y álalo. En medio de esos extremos estamos quienes habitamos una amplia franja demográfica a menudo indiferente a grandes problemas nacionales, pero siempre atentos a la versión oficialista que se propaga por los mal llamados noticieros de un duopolio televisivo que no es sino el enorme, oficioso tinglado portavoz del régimen. La atención del público depende del escándalo de moda o del gol en la liguilla. Una gigantesca industria de distracción se hace cargo de nosotros en tanto potencialmente peligrosos como posibles interesados, opinadores, indignados ciudadanos apercibidos de la magnitud de los atracos imbricados en perjuicio del interés público mientras otro enorme aparato, entre gubernamental y privado –lo gubernamental se ha pervertido, perdida su primordial función de gestión del bienestar público, convertido en cínico destino para riqueza ilícita y ejercicio desmedido del despotismo– se encarga de calcular el desplume. Van por lo poco que nos queda en el bolsillo. Sea por la vía de esos altísimos impuestos cuya reciprocidad al ciudadano mexicano es prácticamente nula, o por medio de continuos embates publicitarios y de cara mercadotecnia para vendernos, siempre con el más alto rédito pero la menor inversión posibles, algo. La mayoría de los bienes y servicios en esta sociedad de consumo que mezcla hamburguesas prefabricadas con figuritas de la guadalupana son, puestos bajo la lente de un somero examen de su relación costo-beneficio al consumidor, porquerías que no necesitamos. A este entramado, con varias consecuencias y ramificaciones cuyos efectos empezamos a sentir –las crisis económicas, la destrucción paulatina del medio ambiente, la consuetudinaria degradación de la convivencia o la discusión públicas– le llamamos modernidad. El México del siglo XXI. En el que regresó el PRI al poder.
El nuevo PRI. De nuevo tiene apenas un eslogan. Los nombres de sus integrantes, ésos no cambian, ni cambiaron, ni van a cambiar nunca. Hemos permitido, otra vez, enajenados por los medios masivos, hipnotizados con su oropel de música hueca y escándalos de putas y chichifos, que se reinstale en México una suerte de herencia maldita e invariablemente criminal, linajes de corrupción, estirpes podridas; una rediviva dinastía de vividores y oportunistas sin más abolengo que dinero, conexiones y las muchas maneras posibles de chingarse el presupuesto público, el dinero del pueblo: facturas infladas, empresas que antier no existían y hoy son las principales proveedoras de secretarías de Estado y organismos estatales; aviadurías en nómina de cuanta organización se deje meter uña; puestos que devengan sueldos altísimos (el sueldo mensual del presidente, de aproximadamente 20 mil dólares, prácticamente duplica el de sus pares latinoamericanos), séquitos excesivos, privilegios de una alcurnia en reiterada, sexenal compraventa. Se perpetúan los parásitos, se reciclan, y heredan a sus yúniors la potestad que debería ser democracia. Nombres que conocemos bien, los repetimos entre dientes. Una recua de vividores, algunos elegantes, algunos inmundos como el expresidente del PRI del DF. La mayoría priístas (o sus incondicionales alecuijes, como los bribones del partido falsamente verde), pero malamente también panistas y perredistas, gente que alguna vez se dijo de parte de las causas populares y en realidad no es más que fauna alevosa, voraz, oportunista. Allí los odiosos “chuchos”.
La tele, la chunchaca del pasito duranguense, la chorcha, los concursos, el vapuleo multiplicado de la ordinariez rinden fruto. Los mexicanos vivimos entre el miedo y el letargo. Justo donde nos quieren los que sangran y oprimen y engañan en este despeñadero sin fin al que todavía nos atrevemos a llamar patria y decir, de dientes para afuera, que es nuestra para amarla y defenderla siempre.

miércoles, 19 de febrero de 2014

#CabezaAlCubo domingo 16/02/14

Jorge Moch
tumbaburros@yahoo.com
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Veracruz: periodismo, incertidumbre y terror
Para Goyo Jiménez, hoy que ya sabemos
A Gregorio Jiménez, “levantado” afuera de su casa en Coatzacoalcos, no lo conocí personalmente. Basta saber que era periodista y que fue agredido. Que es uno más en una lista vergonzante para el gobierno del priísta –de derechas– Javier Duarte de Ochoa (delfín de Fidel Herrera Beltrán, a quien medio en broma y medio en serio allá en su estado le decían el z-1), de comunicadores a los que se ataca por su labor. Sé que Gregorio indagaba agresiones a migrantes centroamericanos en Veracruz y es sabido que ese es negocio de cierto cartel, de las policías locales y de corruptos funcionarios del instituto mexicano de migración. Seguramente la versión oficial y exculpatoria de los ineptos funcionarios veracruzanos rebuznará otra cosa.
Para nadie es secreto que el periodismo en Veracruz –como en Tamaulipas o Chihuahua– lleva demasiado tiempo viviendo (decir “viviendo” es un caro eufemismo) bajo la égida del terror, la violencia, la intimidación o, más cómodamente, la cooptación, el cohecho y la sumisión, quizá en ese orden lamentable. Una cosa fue, por ejemplo, el enfrentamiento que sostuvieron por posiciones políticas diarios como Sur o Diario del Istmo (que destaparon a Cuauhtémoc Cárdenas allá por el fraude de 1988 que impuso al hoy “victimado” titiritero Salinas) con el salinismo por vía de ese patético personaje que fue Patricio Chirinos como gobernador ausente, y más bien con ese mal disimulado represor del PRI que era el hoy incomprensiblemente panista Miguel Ángel Yunes Linares cuando fue secretario general de gobierno, en los hechos gobernador de facto, y muy otra que la lógica gubernamental, bajo sospecha de ser también la de poderosos grupos criminales es “te alineas o te callas”. No es secreta en Veracruz la abyección lamentable de la mayoría de los medios impresos y prácticamente todos los televisivos y radiofónicos, dedicados más a rendir pleitesía, y cobrarla, que a informar de la verdadera situación del estado, y esto es por una mezcla nefasta de miedo y conveniencia. Basta tomar cualquier publicación local para encontrar fotografías del gobernador o sus más cercanos personeros engolados, altivos, haciendo rimbombantes declaraciones de aire caliente. Salvo quizá el diario del puerto jarocho Notiver y algunos otros como La Jornada Veracruz, en papel prácticamente no hay críticas. Nadie cuestiona las evidentes, descaradas corruptelas de los funcionarios cercanos al gobernador. Nadie investiga ni mucho menos revela de dónde salen las fortunas con que un puñado de indeseables, algunos llegados al estado durante la campaña de Duarte materialmente “con una mano atrás y otra adelante”, de pronto compraron una casa. Y el terreno de al lado. Y la casa de atrás. Y el par de terrenos adyacentes y de pronto, de manejar un coche modesto, ahora manejan (bueno, el chofer) una camioneta Infinity que cuesta más del millón. Nadie remueve el aciago asunto aquél de los 25 millones con que fue sorprendido un achichincle de Duarte en Toluca (que por cierto, según creo, le fueron devueltos). Nadie mueve mucho ya la razón de la muerte del cantante Gibrán Martiz, quien presuntamente antes de ser asesinado sostuvo un altercado con el junior de un poderoso funcionario estatal. Nadie indaga sobre tantas porquerías de las que tantos saben, porque saben que en ello les puede ir la vida. Sólo en redes sociales, en internet, brotan algunos cuestionamientos a menudo y lógicamente anónimos.
Escribo esto el sexto día en que Gregorio Jiménez seguía desaparecido y a minutos del anuncio de su muerte. Un par de días después de que Duarte le ofreció a su esposa una casa, para tratar de bajar el calor mediático en lugar de atender emergencias estatales de violencia, impunidad y sobre todo corrupción, esta última la tara a la que él mismo debe puesto y permanencia hasta el momento. Escribo esto cuando el de Gregorio se suma a decenas de nombres de periodistas agredidos y asesinados en Veracruz. El suyo es ya uno más de esos expedientes que son ejemplo de ineptitud, más corrupción y una perversa complicidad, a pesar de operaciones cosméticas coordinadas desde la deleznable oficina de (in)comunicación social del estado o de abiertas, descaradas infamias como la cometida contra la corresponsal de Proceso. Y escribo esto mientras Televisa Veracruz y TV Azteca Veracruz transmiten su dosis habitual de mierda, y en lugar de sumarse a la indignación internacional por el asesinato de Gregorio, hacen como que no pasa nada.
No vaya a ser que se les enoje el góber.

sábado, 8 de febrero de 2014

#lakuasiresistencia 08/02/2014

www.radioamlo.org 
http://tunein.com/radio/Radioamlo-s117641/
11am #lakuasiresistencia hoy sábado

Si buscas información y no deseas que sea una televisora de esas que solo te dan calabaza, pues te invito no solo a escuchar y ver (si se puede) tambien te invito a ser participe de esta forma diferente de ver y escuchar las noticias, solo recuerda que es un espacio diferente y donde el mal humor solo lo tenemos nosotros el Inge Varguitas y Cuasimiro Jhon Travolta RECUERDA HASTA DONDE NOS DEJEN  estaremos rompiendo el cerco informativo 

viernes, 7 de febrero de 2014

#cabezaalcubo 2 de febrero 2014

Jorge Moch
tumbaburros@yahoo.com
Twitter: @JorgeMoch
Mis vergüenzas con José Emilio
Esta es la rediviva confesión de un plagio consentido. Me sentí cercano a José Emilio Pacheco mucho antes de que siquiera supiera de mi existencia. Lo escuché, deslumbrado con esa sencillez que imprimía a su erudición universal y sucesiva, varias veces en las ferias del libro de Guadalajara. Leí de prestado, por allá de los veinte años, ese librito mágico que es Las batallas en el desierto. Lo compré en la edición de Era en 1997 y lo sigo atesorando igual. El 13 de febrero de 1998, en Veracruz, lo fui a ver, para escucharlo disertar –otra vez con esa erudición que abarcaba todas las geografías, todos los géneros, una copiosa cauda de autores y obras– sobre vida y obra de Salvador Díaz Mirón como presentador, junto con el autor, Manuel Sol, de quien, por cierto, José Emilio no se cansó de ponderar la titánica labor que supuso la “recopilación, introducción, bibliografía y notas biográficas” del copioso material con que se editó el volumen que hizo el Fondo de Cultura Económica, en su colección Letras Mexicanas de la Poesía completa, del que quizá haya sido el mayor poeta jarocho. José Emilio parecía saber de memoria todos los poemas de Díaz Mirón. Recitaba los versos deLascas como si fueran suyos. Al final de la conferencia fuimos muchos los que hicimos fila para saludarlo o pedirle un autógrafo, hubo hasta empujones que dieron luego sustancia a un cuento que publiqué por ahí. De pronto me pareció que estaba asediado, acorralado en un rincón de la capilla principal del recinto del Instituto Veracruzano de Cultura. Preferí hacerme a un lado y me quedé sin autógrafo.
A finales de ese mismo año, nuevamente en la Feria del Libro de Guadalajara, pude acercarme a hablar con él. Por ese entonces coordinaba yo un mínimo suplemento cultural en un diario local, Sur, del puerto jarocho (El Paliacate). Se me ocurrió proponerle que me dejara publicar por entregas semanales Las batallas en el desierto para hacérsela llegar al público veracruzano, y la idea le gustó. Me dio un número de teléfono, que resultó ser un fax, y yo poco después le mandé la petición por escrito. El resto es una breve y enojosa historia de malentendidos: obsequioso, José Emilio llamó a mi oficina en Veracruz y dejó dicho –yo andaba de viaje– que por él no habría problema. Alguna indicación dejó de que recibiría yo comunicación de sus editores y yo me quedé muy tranquilo cuando esa comunicación nunca llegó, aunque lo cierto es que yo debí llamarles. Y durante doce semanas reprodujimos en El Paliacate cada capítulo de Las batallas… Y en la siguiente FIL de Guadalajara, cuando él presentaba los poemas de La arena errante y le di las gracias por dejarme publicar su novela, supe que había yo cometido un plagio horrible, porque me topé con los ojos de pistola de Marcelo Uribe, director editorial de Era, que era la dueña de los derechos de Las batallas… y a quien yo debía, hacía meses, haberle primero pedido permiso y luego pagado derechos. Marcelo amablemente, pero sospecho que con contenida y muy justificada furia, me explicó que por mucho menos de lo que yo había hecho se había ido a la quiebra más de un proyecto editorial. Como yo en ese entonces ni siquiera recibía un salario del periódico donde publicaba mi mamotreto, propuse un plan de cómodas mensualidades. José Emilio intercedió y Marcelo fue generosísimo y al final, mal está decirlo, me salí con la mía aunque de veras avergonzado. Lo bueno es que Las batallas en el desierto llegaron así a más lectores. Al final, magnánimos y resignados, José Emilio y Marcelo restaron importancia al asunto y yo quedé en deuda para siempre con ellos.
Pude saludar a José Emilio algunas veces más, y hasta llegó a comentar algo sobre mis diatribas en este espacio. La última vez que lo vi en persona fue en los atestados pasillos de la Feria del Libro del Palacio de Minería. Lo acompañaba Cristina, a quien hoy, desde la confusa anonimia de ese momento breve, le reitero un abrazo fuerte y en lo posible esta suerte de acompañamiento, de tristeza compartida por la repentina, inesperada ausencia de José Emilio, esta que él mismo, en Siglo pasado(Desenlace) tituló “Irrealidad” y plasmó virtuosamente en palabras: “Como fantasma de un espectro vuelvo/ a este mundo con mi experiencia que ya no sirve/ y me abruma/ atestiguar cómo todo ha cambiado hasta la irrealidad; cómo fantasía alguna fue capaz/ de imaginar cuanto hay ahora, todo lo que es/ –y desde luego nadie esperaba.”
Como nadie esperaba, José Emilio, que te nos fueras tan pronto.

LA RECETA DE #LABOTANA (tortitas de carne deshebrada...

TORTITAS DE CARNE DESHEBRADA DE RES CON SALSA
RANCHERA AL CHIPOTLE
Acompañadas con calabacitas salteadas con oregano y arroz
blanco
4 o 5 personas
Ingredientes:
Para las tortitas;
• 600 gramos de carne de res para deshebrar (Falda o cocido magro)
• 4 huevos frescos
• 5 o 6 tomates verdes picados finamente
• 2 cucharadas de harina
• 1 cucharada de almidón de maíz
• Sal y pimienta al gusto
• ½ taza de aceite para la sartén
Para la salsa ranchera;
• ½ Kilo de jitomates bien maduros
• 3 chiles cipotles secos, remojados durante 3 horas y hervidos durante 15 minutos
• 1 cebolla mediana picada finamente
• Sal al gusto
Para las calabacitas;
• 4 calabacitas tiernas
• ½ cebolla rebanada
• 2 cucharadas de orégano
• 3 cucharadas de aceite o una cucharada de mantequilla
• sal y pimienta al gusto
Para el arroz blanco;
• 1 ½ tazas de arroz
• 4 cucharadas de aceite
• 3 tazas de caldo de pollo o 3 tazas de agua y medio cubito de consomé...
• sal al gusto
Procedimiento:
Tortitas:
Cocer la carne cortada en pedazos grandes, se dejan enfriar para poder manipular y se deshebran;
En un tazón se baten los huevos, harina, almidón de maíz y la sal, se agregan los tomates picados
y la carne deshebrada, se mezclan uniformemente y se forman las tortitas de 12 a 15 piezas...
En una sartén, se calienta la mitad del aceite a fuego medio y se frien las tortitas hasta que estén bien
doraditas, volteandolas dos veces, agregando un poco de aceite cada vez que se saque una tanda,
dejandolo calentar un par de minutos antes de continuar friendo las tortitas.
Se dejan reposar las tortitas unos 5 minutos antes de servirlas.
Salsa:
Se asan los jitomates y los chiles chipotles, se muelen en la licuadora o en molcajete, agregamos la
cebolla picada y se ponen en una salsera, si está muy espesa la salsa, se aclara con un poco de consomé
o caldo con el que cocimos la carne.
Calabacitas:
Se lavan bien y se cortan en rodajas o en cubitos, al gusto...
Se saltea en una sartén la cebolla hasta que se ponga “transparente” con el aceite o mantequilla, se
agregan las calabacitas y se guisan de 5 a 10 minutos y se agrega el oregano, sazonar con sal y pimienta
Arroz blanco:
En una cazuela se calienta a fuego medio el aceite y se frie el arroz hasta que se ponga mas blanco, sin
dejar de mover para que no se queme, si se usa consomé en cubito o en polvo se funde en el aceite con
el arroz antes de agregar el agua, si se usa caldo, se agrega éste al estar el arroz ya blanquito;
Suba el fuego hasta que hierva el caldo, se sala y entonces se tapa y se reduce la intensidad del fuego al
mínimo, dejar cocer unos veinte minutos hasta que el arroz abrorba el consomé y esté cocido, se retira
del fuego;
Con un tenedor se mueve ligeramente, con un tenedor para que esponje y se tapa otra vez dejandolo
reposar diez minutos y está listo para servirse.
En un plato plano se acomodan las tortitas y se cubren con la salsa, dejando lugar para acompañarlas
con las calabacitas y el arroz.
Buen provecho.
@milcmx La botana de la hora del amigo de radioamlo.org
@cuasimiro @IngeVarguitas