lunes, 12 de mayo de 2014
miércoles, 7 de mayo de 2014
#CabezaAlCubo domingo 4/05/14
Jorge Moch
tumbaburros@yahoo.com
Twitter: @JorgeMoch
Ad limina apostolorum*tumbaburros@yahoo.com
Twitter: @JorgeMoch
Tragamos pinole quienes no picamos el anzuelo confesional: constitucionalistas, laicos, juaristas, ateos, relapsos, materialistas, comecuras, indecisos, masones, jacobinos, agnósticos, nihilistas, científicos, renegados... y restantes personeros de la sedición que apostamos al libre pensamiento (católicos críticos incluidos). Porque se impone el vestiglo ensotanado y su ejército de santones en esta mojiganga que todos protagonizamos y que no va a acabar nunca. La Iglesia no es falansterio de tontos sino de resabiosos estrategas de dominación psicológica. Un fiasco moral como la canonización de quien como el polaco Karol Wojtyla amparó bajo su manto a pederastas y depredadores sexuales; que prohijó la intriga en El Vaticano en pos de apuntalar su grupo de poder; que se arrimó con tercerías oscuras al crimen organizado y aún dio origen a una de las mayores y más escandalosas operaciones financieras de lavado y contabilidad paralela para solventar su obsesión anticomunista –fue uno de los principales catalizadores sociales y financieros, por ejemplo, de la Perestroika, también de la sistemática demolición de la Teología de la Liberación en América Latina– y que además desde el papado romano apenas alzó la voz en Ruanda o Los Balcanes, donde cristianos masacraban musulmanes, un atrevimiento de ese calibre lleva implícita la soterrada misión de lavar la cara a uno de los peores episodios de la Iglesia moderna: su complicidad deliberada o su cobarde silencio. El agregado santón Angelo Giuseppe Roncalli (conocido entre 1958 y 1963 –ni un sexenio duró– con el nombre artístico de Juan XXIII), lamentable tapadera a las atroces maniobras filonazis de su antecesor, el inefable Eugenio Pacelli, no hace más que confirmar las intenciones del argentino Bergoglio y curia que lo acompaña y mal aconseja.
Nada hay de malo en que alguien profese una religión, pero poco recomendable se antoja, a título muy personal de este grueso candidato a los infiernos, que esa religión sea tan profundamente hipócrita como la católica –la religión en sí, no es, en efecto, hipócrita, pero el andamiaje moraloide de la Iglesia que le sostiene sí lo es, y las pruebas históricas sobran y siguen doliendo a muchos: baste recordar el tristísimo papel de la Iglesia católica en la persecución, tortura y asesinato de protestantes y judíos en Europa o durante el agónico periplo de quienes se opusieron a los regímenes militares de ultraderecha en la España franquista, la Argentina sangrante de Videla, cuna de Bergoglio, en Chile durante el mandato del siniestro Pinochet, cuando el Chivo Trujillo fue reyezuelo de República Dominicana o en el capítulo negro de la dinastía Somoza en Nicaragua. Hay una larga lista de países de todos los continentes donde El Vaticano prefirió, si no participar en la barbarie (el macabro Tribunal del Santo Oficio, por mucho que les pese a los príncipes ecuménicos, no se nos olvida) sí hacerse de la vista gorda y mirar mustiamente a otro lado, cómplice por omisión– pero, en resumida cuenta, poco importa todo esto porque la mitra reitera sus fueros y la expresión, que es lugar común, no podría estar mejor empleada.
Poco o nada importa que la moral de la Iglesia católica, particularmente en América Latina, sea frágil a pesar de su rijosa inflexibilidad, porque suele articular un discurso religioso que está distanciado de la problemática social, real, cotidiana. Es cosa menor que, en aras de preservar el ejercicio discrecional y vertical del poder, la enfermiza obsesión del clero es de carácter sexual y ciertamente mórbida y, como apunta el salvadoreño Oswaldo Paniagua, “distante de la axiología del propio Jesús”, ya que la densa preocupación por la sexualidad es un tópico que se ha heredado del platonismo y del agustinismo, y en efecto –abunda Paniagua–, “fue Agustín de Hipona quien satanizó la sexualidad al asociar el concepto de pecado original con el acto sexual y la fecundación. Asimismo, la influencia dicotómica de Platón en Agustín y en la tradición teológica cristiana marcó la brecha entre la carne (sarx) y el espíritu (pneuma), siendo lo primero sinónimo de terreno, vileza, pecado, concupiscencia, y lo segundo sinónimo de divinidad, contemplación y gracia”.
Poco importa, si en este mundo, como sentenciara el chileno Marco Antonio de la Parra, la estupidez crece como enredadera. Y como se acostumbraba decir el final de algunos entremeses: Aquí concluye el sainete, perdonad sus muchas faltas.
* Locución latina y perifrástica que significa A los umbrales de los apóstoles;
se usa para decir A Roma, Hacia la Santa Sede.
se usa para decir A Roma, Hacia la Santa Sede.
sábado, 3 de mayo de 2014
#CabezaAlCubo domingo 27/Abril/2014
Jorge Moch
tumbaburros@yahoo.com
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Para Osiel y Nabor, aunque no me crean
La televisión mexicana es católica y excluyente. No la recuerdo avisando al público del Ramadán o cubriendo la celebración de Rosh HaShaná o de Iom Kipur para la nutrida y poderosa comunidad judía mexicana. Ni qué esperar de un respetuoso seguimiento a festividades wixárika o siquiera sincretistas, como matachines. En cambio, lleva y trae apariciones y conmemora crucificados, santos y vírgenes con enjundia de beata criolla. Recién las calles de México y buena parte del mundo fueron serpollar de penitentes rezos y procesiones invariablemente repetidos en la televisión y ligados a la parafernalia cristiana del catolicismo y en algunos casos –Filipinas, Atlixco, Iztapalapa– a las más lamentables, absurdas expresiones de la involución: cómo respetar al creyente que se flagela en pos de un amor divino, si empareja en autodestrucción con el presunto martirio del islamita radical que se inmola para, mientras busca la erradicación sin diálogo posible en la conflagración de infieles que no creemos en su dios iracundo, terminar recostado, según le prometió su imán, en una nube rodeado de once mil vírgenes deseosas. El summum de la manipulación psicológica que tanto socorren los monoteísmos teocráticos; una regresión a tiempos que debimos dejar siglos atrás, como en el primer tomo de las crónicas que redactó con abundantes pormenores de sus andanzas en Sudamérica durante 1767 el explorador francés Louis Antoine de Bougainville, Viaje alrededor del mundo (Calpe, Madrid, 1921), minuciosamente traducidas por Josefina Gallego de Dantín: “Los indios tenían por sus curas una sumisión de tal modo servil, que no solamente se dejaban castigar por el látigo, a la manera del colegio, hombres y mujeres, por las faltas públicas, sino que venían ellos mismos a solicitar el castigo de las faltas mentales…”
El cristianismo católico, convertido en agente social y salvo contadas y muy respetables excepciones, preconiza un comunismo filial de misericordia, compasión y generosidad compartida mientras que en la triste realidad es república de abismales distancias entre ricos y pobres. Los curas –y las monjas– suelen ser gente de la que se dice que viven en austeridad pero gozan de enormes privilegios cotidianos (automóvil propio, un techo seguro, una comida caliente ya son privilegio en muchas regiones del mundo y particularmente en esta parcelada América Latina nuestra, en este mexicano patio trasero de Estados Unidos), y hasta llegan a gozar de servidumbre. Recuerdo a los tres curas (dos españoles y un mexicano) de la iglesia de Santa Rita en el Veracruz de mi infancia: tenían mucama, cocinera, jardinero y mozo. Recuerdo haber ido invitado con mis padres a cenar a su casa una vez; platones con fruta, comida abundante, la mesa servida por gente de piel morena. Me avergüenza haber estado sentado en esa mesa aunque fuera un mocoso. El cura en México suele ser –insisto, aunque haya contadas, valiosas excepciones– el rico del pueblo o una suerte de Señor del Barrio quizá hasta muy recientes fechas desplazado por el narco: tradicionalmente el cura parroquial está por encima del jefe de manzana. Y no se diga si se pertenece a una de esas congregaciones ricas, como los legionarios de Cristo pero también muchos jesuitas, salesianos o maristas. Ahí se vive en un mundo aparte.
La brecha de la injusticia, contra la que se supone que combate el ministerio cristiano, forma parte de la histórica resistencia de la Iglesia católica al cambio democrático. Es parte de su historia de boatos e intrigas palaciegas, de constantes pulsos de autoridad con reyes, ministros y presidentes. México tiene en su historia contemporánea mucho de qué avergonzarse al respecto. Personeros de la Iglesia católica mexicana viven como auténticos reyes, señores feudales, gobernadores de la época de la colonia (o actual) incluso en retiro que se supone humilde. Véase cómo viven, visten, viajan o comen Norberto Rivera Carrera, Juan Sandoval u Onésimo Cepeda. Cómo es el cotidiano acomodamiento de José Guadalupe Octavio Martin Rábago en León, o el de Rogelio Cabrera López en Monterrey. O cómo vivió Maciel. Ninguno de estos boyantes modos de vida será desde luego documentado en la televisión. Ni cuestionado. Los embajadores de dios en la tierra se han hecho y se hacen respetar mientras al pueblo, además de rezos y tradiciones, le queda el fino entretenimiento televisivo, la distracción de ésos que, volviendo a monsieur de Bougainville, son “juegos, tan tristes como el resto de su vida”
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