lunes, 14 de enero de 2013

cabeza al cubo 13 enero 2013


Jorge Moch
tumbaburros@yahoo.com
Twitter: @JorgeMoch
La invasión de los mandriles
El amor por todas las criaturas vivientes
 es el más noble atributo del hombre

Charles Darwin
Hemos sido invadidos con inicial sutileza por una legión de mandriles. Un saltapatrás evolutivo. Un retroceso que avanza como infección, marea perniciosa y furtiva. No es nueva la quinta columna involutiva, pero quizá ahora nos percatamos porque no había sido tan obvia. O tan cínica.
Algunos de quienes masticábamos la sospecha de su maniobra adivinamos mandriles detrás de un escritorio en el banco, en el banco de la escuela, o dando clases. Malas caras de mandriles en las oficinas de gobierno. Los imaginábamos detrás de recias puertas de roble con adusto guardaespaldas de puños cruzados al frente; los intuíamos en altares y sacristías, los comprobamos al volante de microbuses y patrullas. Creíamos, no obstante, que un búnker albergaba humanos dedicados al control de los mandriles, aún en la perversa función de ser quienes mustiamente halaban las correas del macaco, por lo menos socorría la corrosión del pensamiento que el jefe era un ser humano, aunque fuera un siniestro político, un líder sindical corrupto, un diputado vendepatrias o un militar represor, machista, arbitrario y asesino. Pero humanos. O casi. No es tampoco cosa fácil reconocer a los mandriles así como así: casi todos se maquillan los azules belfos, usan blúmeres, vestidos coloridos y pantalones de corduroy con los que esconden sus rojísimas, inconfundibles nalgas. Ocultan de bostezos y sonrisas el largo de sus colmillos y ponen de vez en cuando su mejor cara aunque, precisamente, un rasgo característico de los mandriles es su virulenta predisposición a joderle la existencia a lo que se mueva.
Pensábamos, los creyentes, que los mandriles eran una suerte de mal necesario, de mano de obra de bajo mundo para mantener cierta cantidad de muy sanos balancines en los múltiples entresijos de la sociedad: demasiada bondad no hubiera sido creíble, demasiada perfección, aburrida. Suponían una especie de equilibrio de las connaturales dualidades entre el bien y el mal con que se construye el mundo… Creíamos, un poco cobardes, que mejor dejarlos hacer, si al fin habría un señor como nosotros, pero mucho mejor informado e infinitamente más poderoso, a cargo –secretamente, desde luego– del garlito de los mandriles.
Y entonces prendí la tele y vi a un mandril de corbata diciendo mentiras como si fueran noticias. Cambié el canal y encontré a otro mandril, gordo como yo que casi no me muevo, hablando de deportes. Cambié otra vez el canal y me topé una familia de mandriles, hembras y machos hablando de quién se cogía a quién, de que si fulana mandril estaba guapísima con unos kilitos de más o si al mandril zutano le gustaban solamente los menganos y no las menganas. Cambié violentamente el canal y me encontré dos mandriles hembras coreando:  “Quise ser como Shakira, pero naquiaba con el ‘ira’; quise ser como Thalía, pero lo naco se me salía…” Cambié de canal una última vez para ver otro par de mandriles zangolotearse en el suelo de un foro de televisión mientras otro mandril se reía de ellos y un coro de mandriles disfrazados de payasos festejaba sus burlas estúpidas. Supe que el mandril se llama Mayito. Apagué, ofuscado, el aparato.
Y entonces prendí la radio, y escuché una y otra vez el llamado de los mandriles a comprar porquerías que todos quieren pero ninguno necesita con tal de pagar en veinticuatro comodísimas mensualidades sin intereses. Y cambié de estación, para tener que soportar los gañidos de un mandril que, al frente de una banda de mandriles, entonaba otro berrido, picado de mal de amores y arrebatos líricos de farmacia, y reclamaba usando trasfondo de música horrible y facilona: “No es fácil continuar si estás herida/ son las trampas que siempre tiene la vida/ al diablo con los guapos y sus mentiras.” Apagué la radio, pero unos mandriles la escuchaban acá al lado mientras pintaban un muro y aullaban entre brochazo y brochazo, felices.
Con tapones en las orejas prendí la computadora y abrí internet. Anónimos mandriles me informaron en sus notas seudoperiodísticas que un hindú orate y ególatra gastó 23 mil dólares en una camisa de oro y que Katy Perry luce una figura “insuperable” (sic)…
Y entonces me doy cuenta de que el mandril que no entiende nada en el enajenado universo humano soy yo, el primate al final de la infinita línea que imaginó Émile Borel, pero no para escribir las obras de las bibliotecas del mundo, sino apenas esta humilde, inconsútil columna dominical que tendrá, entonces, la misma importancia deontológica de un plátano en una jaula del zoológico.

lunes, 24 de diciembre de 2012


Desea feliz Navidad a Mancera desde el Reclusorio Norte
Doctor Miguel Ángel Mancera Espinosa, jefe de Gobierno del Distrito Federal:
Muy buen día tenga usted, doctor; el motivo de esta carta es para desearle una feliz Navidad y, claro, un próspero año nuevo, que disfrute de la deliciosa cena en compañía de toda su familia en un marco de felicidad, bondad, alegría y respeto.
Sé que usted tendría los mismos deseos hacia mi persona, pero desafortunadamente yo no podré disfrutar de todo lo que le deseo, ya que me encuentro preso en el Reclusorio Varonil Norte. Supongo que usted debe conocer mi caso y el de mis 12 compañeros y, claro, mi compañera Rita, pero para qué recordarle e incomodarlo con historias que no van de acuerdo con esta temporada navideña (como el plantón de la CNTE que hace ver fea su majestuosa pista de hielo en el Zócalo), para qué atormentarle de cómo sufrí la bestialidad de los cuerpos policiacos; la altanería, abusos e incompetencia de la PGJDF, y de la forma arbitraria con la que fui conducido a este reclusorio. Dejemos esos malos recuerdos, dignos de pasar al libro de la historia penosa de México, ya que en esta Navidad mi familia tratará de pasar una Nochebuena, aunque para serle sincero, todas nuestras familias continuarán en el infierno de tener a un ser querido en el reclusorio de forma injusta, ya que la verdadera justicia sólo es para la gente rica y poderosa, como usted debe saber. Pese a todo esto, de corazón, Dios lo bendiga. 
Sandino Jaramillo R.

lunes, 17 de diciembre de 2012

cabeza al cubo 16/12/12


Jorge Moch
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El Gran Hipócrita
Es quizá infinita la hipocresía de esa hidra con cuerpo de gobierno, sus vasos comunicantes una intrincada red de complicidades turbias; su espíritu de permanencia la intocabilidad de la corrupción como usos y costumbres eternos; una dura coraza de impunidad y cinismo la histórica piel que la cubre; la represión como respuesta a clamores populares de legalidad y justicia en garras y colmillos con uniforme, tolete y tanqueta; una gran variedad de ponzoñas en las muchas tintas y plumas (y cámaras y micrófonos) con que se la arropa y justifica en sus quintacolumnistas cabezas de medios masivos, entre las que destacan las acromegálicas, injustamente ventajosas testas del duopolio falsamente competitivo de Televisa y TV Azteca. En ambos, cuerpo podrido y cabezas monstruosas del esternópago que se supone que existe para gestionar que los habitantes de este país seamos felices, pero precisamente provoca el efecto contrario, se repite cada cierto tiempo el mismo irritante esquema de los valores morales –sacados indirectamente de absurdos conservadores como el catecismo de Ripalda, ese conjunto de conveniencias que solemos clasificar como “buenas costumbres” o la distrofia moral que supone el andamiaje comercial de esa aberración mediática llamada Teletón, encaminada a facilitar la evasión fiscal a los emporios televisivos– como insignia de ese presunto mejoramiento colectivo de nuestras a menudo precarias condiciones de vida.
Los valores, nos dicen así, mencionados en conjunto de genéricas medicinas sociales, nos salvan de la barbarie. Pero vivimos en la barbarie como nunca lo imaginamos ni siquiera desde la Decena Trágica. La padecemos muchos, demasiados mexicanos en mayor o menor intensidad, desde la futilidad del embotellamiento causado por obras mal hechas –en las que suelen estar implicado el sobrino del compadre del licenciado como proveedor del municipio, de la delegación, del gobierno federal– hasta la horrenda tragedia del asesinato, el secuestro, la violación, la desaparición que muchas veces desembocan en el anónimo pudridero de una fosa clandestina o común, y tiene, si no nombres y apellidos –uno de los puntos débiles del aparato es que las víctimas tengan eso, cara, pasado, parientes, cariño–, sí una cifra horrible: más de ochenta mil en cinco años y medio.
En el discurso público, diseminado por los medios masivos y más que ninguno por la televisión, brotan palabras como solidaridad, progreso, lealtad, honradez o nobleza, pero luego se contradice la proclama en programas producidos para embobar a la gente (y adoctrinarla con algún disimulo falso) y cuyo contenido es esencialmente violencia verbal entre familias sacadas del lumpen, la institución de la infidelidad conyugal como función circense, la promiscuidad expuesta como espectáculo de lo que la misma televisión rastrera ha fabricado con etiqueta de “famosos” o “celebridades”:  cualquier pendejo (bueno, analfabeta más o menos funcional, para dispensar el epíteto del misántropo), cualquier lagartona cazafortunas que salga a cuadro semidesnuda, haciendo que canta, diciendo que es actriz o histrión, jurándose que un zangoloteo febril es danza coreografiada; cualquier mediocre que suele aparecer en pantalla con micrófono enfrente es personalidad epónima de la farándula, a la que se la supone estúpidamente una suerte de clase aparte, de nobleza mediática. Y ni qué decir de la cotidiana manera en que la realidad arrebata su propia estafeta a la versión que desconstruye la televisión. Increíblemente –hablemos, si se quiere, de un homenaje cruel a la pluralidad–, el mismo país que dio cuna, asilo, vida o inspiración a los Flores Magón y Zapata, al doctor Atl, a Diego Rivera, a Jorge Ibargüengoitia, a María Rojo, Carmen Mondragón, Carlos Monsiváis, Ernesto de la Peña, Elena Poniatowska o el clan Taibo, ha parido engendros como Emilio Azcárraga Milmo o su yúnior, los primitos Salinas con su dadivoso primo y padrino Salinas de Gortari, Jacobo Zabludowsky, Raúl Velasco (o su primito del alma, Miguel Alemán), Lucía Méndez, Carmen Campuzano, Patricia Chapoy o cualquiera de sus vulgares versiones de más de lo mismo, de futbol como elemento de distracción, de guapas y bellos de telenovela, aunque sean de silicona, toxina botulínica y libretos de absurdo. De personeros de la mentira y la corruptela disfrazadas de seamos felices, prendamos la tele y olvidemos el resto. Porque ese resto, a escondidas, siempre es negocio. Y allí, en el cochino dinero, está el origen de nuestras desgracias.

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LA KUASI RESISTENCIA 15/12/12

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lunes, 10 de diciembre de 2012

CABEZA AL CUBO 9/12/12


Jorge Moch
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Apatía confesa
No me interesa el relevo de poderes presidenciales porque es la misma farsa hipócrita, inmoral e impresentable de las últimas décadas, el puro guardar apariencias de presunta democracia, de que habitamos un país y no una franquicia, de que somos república independiente y soberana y no patio trasero, cliché, mal ejemplo mundial. No hay cambio de paradigmas ni castigo para delincuentes históricos. Qué flojera ver a dos tipos señalados por sus repetidas traiciones a todo lo que juran defender: la Constitución, la calidad de vida de los mexicanos, los intereses de la nación, escondidos a la medianoche en un recinto vedado al pueblo mexicano, a la prensa, a la verdad. Felipe Calderón Hinojosa llegó a la Presidencia de México por una trampa y salió a la medianoche por otro rincón. Qué me importa a dónde se vaya a vivir el infeliz, seguramente con miedo por el tiempo que le quede de vida, enano cobarde. De sus manecitas manchadas con la sangre de miles de mexicanos inocentes y culpables asesinados en pos de su impostura, Enrique Peña Nieto, después de una de las campañas electorales más sucias y tramposas que hayamos visto en los últimos cincuenta años, recibió el cargo mal habido de noche. De día lo protestó mientras afuera se armaba la gorda entre balazos de hule, gas lacrimógeno y bombas molotov que pronto sus corifeos achacaron a lo poco que queda de real oposición al neoliberalismo salvaje en este país. Si así llegó, quién sabe cómo se vaya a ir.
Me importan un bledo las crónicas estúpidas que hablan del enroque nefasto como si nada malo pasara, como si se tratara solamente del protocolario glamur de la política sin decir que es una política puerca, que esconde esquinazos para el pueblo mexicano, que los grandes intereses nacionales han sido trucados por los del mercachifle internacional, las desbocadas compañías petroleras, los bancos que pierden dinero en todo el mundo, pero en México reportan ganancias chupadas al sacrificio de millones de mexicanos que quizá eso merecemos, ser víctimas propicias por agachones y convenencieros. Qué asco, qué hueva leer los comentarios imbéciles de los que para quedar bien con el poder corrieron a reclamarle a López Obrador y a sus correligionarios los desmadres causados por vándalos que, sin embargo, muy genuinas razones de rabia tendrán ante tanto cinismo y tanta ratería. Qué me iban a interesar las crónicas de sociales que hablan de la bonita familia recién llegada a la residencia oficial de Los Pinos, si para una de sus integrantes yo no soy más que un pobre pendejo más de la prole que critica a su padre por sus turbios enjuagues políticos y de negocios o por haber sido candidato de utilería, maquillaje y teleprompter, diseñado en un foro de televisión.
Qué puedo encontrar de nutricio o de esperanzador en los nombramientos que tanto revuelo causan, si basta ver en la titularidad de la Secretaría de Educación, ese trono desde donde se dirigen las políticas educativas y culturales de este país que alguna vez se pudo jactar de eso, de sus educadores, a otro exgobernador del estado de México vinculado estrechamente –igual que ése al que hoy tenemos que llamar  “presidente”– al grupo de rufianes que encabeza el padrino de todos ellos, Carlos Salinas: Emilio Chuayffet Chemor, señero responsable de que un personaje oscuro y nefasto como Elba Esther Gordillo se enquistara en el sistema educativo nacional, engordara la tripa con las cuotas sindicales de los maestros de este país, de que los convirtiera en grupos de choque, en elemento de presión, en divisa electoral. Cómo creer que Chuayffet, en pos de la educación nacional, va a meter a saco a una de las más retorcidas operadoras políticas del pri que vuelve a sus anchas, con retóricas orladas de promesas, con lo que ellos llaman paso firme y muchos vemos como burda tropelía. Mejor ver un capítulo de Bob Esponja, un refrito de Los Polivoces, videos musicales, que las entrevistas a modo al impuesto presidente Peña, a sus cercanos colaboradores que ya gozan los usufructos del poder: la cartera de Gobernación, la de Hacienda, la de Comunicaciones, todas a modo y encaminadas hacia la felicidad de las chequeras de todos ésos, los que aparecen en las fotos y los que acechan en las sombras, en mullidos sillones en grandes despachos frotándose las manos, riéndose de nosotros, ésos a los que mi querido Paco Ignacio Taibo II clasificó con tino como unos perfectos perversos hijos de la chingada, y han vuelto, según parece, por sus revanchistas fueros.

martes, 4 de diciembre de 2012

QUIENES SON LOS TIRANOS??


Quien dice que son los represosres???
Los ciudadanos que no tenían mas que lo que encontraban en el suelo o los policías que tenían armas, quien va a pagar por la sangre de nuestros heridos?

programa de 4 de diciembre LA KUASI RESISTENCIA

lunes, 29 de octubre de 2012

CABEZA AL CUBO 28 OCTUBRE 2012


Jorge Moch
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El mojigato subtítulo
En 1982 yo tenía dieciséis años y vivía en una Guadalajara que todavía tenía a la avenida Vallarta por alameda arbolada antes de degradarla, previa tala brutal, a eje vial en permanente embotellamiento. No había retenes ni soldados en las calles, ni un adefesio amarillo en la glorieta de Mariano Otero. Una tarde de ese 1982 me fui solo al cine. En Plaza Vallarta estaba el Cinema Vallarta –los constructores de la plaza y los dueños del cine no debieron brillar por sus luces creativas en lo que a nombres se refiere–, hoy también desaparecido como la mayoría de los cines en México ante el devorador monopolio infeccioso de salitas multiplex. El Cinema Vallarta era una inmensa galería de gruesos paredones de concreto texturizado y pintado de marrón, tan del gusto setento-ochentero de la élite pseudoarquitectónica tapatía de entonces; una cueva perfecta para los fajecines de rincón o para, como era mi caso, ver una película de cuestionable pundonor. Que para más inri, era una película animada, Heavy Metal, producción canadiense de breves relatos de fantasía y ciencia ficción erótico malévola creados a partir de las historietas que publicaba la revista homónima con gran éxito y de la que yo era un apasionado y furtivo coleccionista (en mi casa Heavy Metal era considerada pornografía vil). Cuál sería mi sorpresa cuando al entrar al cine, un poco avergonzado, me topé con una sala atestada de niños gritones y señoras empiringotadas. Cientos de mocosos haciendo un ruidero infernal en lo que el cácaro atinaba a apagar luces y empezar la proyección. Cuando por fin comenzó la película y un absurdo Corvette entró en la atmósfera terrestre se hizo un silencio sepulcral muy de agradecer. Y a las primeras escenas de desnudos y escarceos sexuales, los dibujitos animados a ojos de todas aquellas señoras despistadas se convirtieron en porquería, insulto, insidia y pecado, y aquello fue un delicioso éxodo de señoras taconeando pasillo afuera, llevando a jalones a sus vástagos, algunas tapándoles los ojos. Yo me divertí doble, entre los personajes de la película y los que vi salir echando pestes del cine, gritando su indignación, sin faltar la que salió rezando. Mis carcajadas abonaron el flamígero enojo de algunas.
¿Qué había pasado? Ah, la deliciosa mojigatería del mexicano, nuestra adicción al eufemismo, que cobran su mejor ejemplo en el quehacer censor de quienes traducían –y traducen, que es deporte todavía vigente– los títulos de producciones cinematográficas extranjeras con los más rutilantes ejemplos de ñoñería y estupidez: en México a Heavy Metal, que por ser dibujitos seguramente le pareció a algún mediocre burócrata que no era necesario repasarla, se tituló con el engañoso Universo de fantasía. Como no se revisó se clasificó  “a ” y allá fueron a dar las tapatías que luego salieron del cine encabronadísimas una a una con su chiquillerío y su estupor hasta dejar a este aporreateclas y algunos pocos correligionarios metaleros felizmente solos y con inmejorable sabor de trompa.
Pero es la televisión donde las morigeradas gazmoñerías de los responsables de subtítulos y doblajes, siempre buscando una patética corrección política tamizada, ya sabemos, hasta por el clero, alcanza despropósitos cimeros. Del doblaje de plano ni hablar, porque suele perder en la traducción y el modismo casi toda la intención de los guionistas originales (un buen ejemplo son Los Simpson, baste ver los diálogos originales en inglés, los juegos de palabras, las referencias a la cultura pop irremediablemente extraviadas), pero cualquier serie gringa, por ejemplo, de humor subido de tono es convertida en otra cosa. Un ejemplo: una escena de The Big Bang Theory en que un trasnochado Leonard llega por la mañana a su departamento y Penny, sabedora de que pasó la noche revolcándose con una benefactora de la universidad para la que trabaja, le dice con sorna al toparlo en la escalera: "Good morning, slut!", es decir, “Buenos días, zorra”, o “buscona”, o “lagartona”… pero lo que vemos en el subtítulo es… “vagabundo”. Vaya tontería. Cuánta pudibundez. Así, son of a bitch se traduce por  “desgraciado”,  asshole por “estúpido” y bastard por “infeliz”.  En los subtítulos no existen “hijo de perra”,  “cabrón” o la peyorativa acepción de “bastardo”.
Pero qué tal que en la tele abierta sigue al aire basura como los programas de Laura Bozzo o Rocío Sánchez Azuara, qué tal las mentiras y omisiones de Loret de Mola, de Micha, de Zarza o Alatorre.
Ah, pero eso sí. Sin una sola “grosería”.

miércoles, 24 de octubre de 2012

CABEZA AL CUBO


Jorge Moch
tumbaburros@yahoo.com
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Un sexenio de mentiras o Capadocia
como excepción

En todo este sexenio de locura, muerte, cinismo y estupidez (que ya se acaba para no volver nunca aunque será demasiado pronto cantar victoria, sustituyendo un presidentucho espurio por otro) no ha habido producción televisiva en México que refleje la realidad nacional. La televisión, brazo propagandístico de la imbecilidad gubernamental, se limita a transmitir basura de derechas con disfraz de campaña de concientización social en producciones como La rosa de Guadalupe (en Televisa) o Cada quién su santo (en TV Azteca, la de Salinas), ficciones de producción mediocre con una absurda e inocultable vocación de catequesis –mantienen la premisa intolerante de que el bien solamente se puede generar espontáneamente en el seno de la credulidad y el fanatismo del cementerio católico– y noticieros mendaces donde los personeros de la propaganda tratan, noche tras noche, de hacerle manita de puerco a la realidad cotidiana y atroz: omiten las balaceras de las noches que se escuchan en las calles de Veracruz, Saltillo, Monterrey o Durango, subrayan que los soldados, marinos y policías, convertidos en sicarios, abatieron a este o aquel renombrado delincuente sin aclarar que en su lugar ya están formados otros cuarenta “jefes de jefes”.
El gobierno, en contubernio con el imperio Azcárraga, lanzó al aire una patética campaña propagandística con series de ficción mal producidas, mal actuadas y a todas vistas mentirosas, donde no se hablaba del cáncer de la corrupción que da precisamente lugar a la enrarecida atmósfera de atrocidad y violencia que nos da tan triste fama internacional, ni de las deshonrosas fugas de delincuentes, ni de los miles de desaparecidos o de feminicidios, esa triste marca de agua hecha en México, ni encaraban de frente lacras sociales, como la inducción al consumo de drogas en nuestros niños o ese lacerante flagelo social que es el comercio sexual de niños y jovencitas, de mujeres marginadas e ignorantes, de migrantes. Series como El equipo o El Pantera no hicieron más que glorificar instituciones oficiales que en la realidad han permeado a la corrupción y el dinero fácil, pero que ensalzaban al gobierno del tartufo, a sus alecuijes de Seguridad Pública y fuerzas armadas, tratando de poner en alto el nombre de quienes habrán de habitar desde hoy y para siempre en los húmedos sótanos del ideario colectivo como lo peorcito que puede dar este país en materia de impunidad, cinismo, corrupción y estupidez.
Pero claro, esas series, esos programas, esos noticieros fueron y son negocio. Y el vergonzoso papel de las televisoras y sus personeros en los medios –afortunadamente no en todos– durante el proceso electoral, tan llenecito de trácalas e irregularidades inmediatamente pasadas por alto por ellos mismos, los personeros del gobierno y sus lacayunas defensorías televisivas, fue un infamante botón de muestra del papel de la televisión respecto de su responsabilidad social frente a una infinita voracidad de poder y de dinero.
Si acaso alguna serie de televisión se ha aproximado en últimos años a algo parecido a la realidad nacional es una producción, aunque hecha en Latinoamérica –parte de la producción se hace en México– pero de cuño extranjero, Capadocia, una suerte de refrito de Oz, la emblemática serie carcelaria realizada a fines de la década de 1990 por Tom Fontana y cuyos principales atractivos, en la cabalgata de una tercera temporada auspiciada por la cadena HBO Latinoamérica bajo la batuta –allí la visión crítica, descarnada e incómoda del México que no quieren ver ni el tartufo presidentucho saliente ni su alecuije productor de comerciales García Luna– de Epigmenio Ibarra, son el salir del foro para rodar en locación escenas sobrecogedoras de la fracasada guerra contra las drogas, y que sobre todo se atreve a narrar de frente y sin ambages los múltiples entresijos de la corrupción en México, en sus calles llenas de baches, en los pudrideros de sus cárceles y en sus elegantísimas oficinas gubernamentales.
Pero –siempre hay un pero– Capadocia no se ve en televisión abierta en México, quizá porque para las televisoras y el gobierno resulta demasiado incómodo su tratamiento crítico de la realidad nacional, de la guerra imbécil en la que nos metió el tartufo, de las elecciones marcadas por el cochinero, de la corrupción rampante en todos los ámbitos de la vida nacional. De todos modos, como dice la guapa jarocha Ana de la Reguera, una de las protagonistas de la serie:  “es triste ver que las cosas en la realidad son peores”.