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lunes, 22 de mayo de 2017



RODRIGO GAMBOA  6 DE ABRIL 2017





Te recuerdo, un día de frio amanecer del año doloroso del 2006, serian las 6 de la mañana, desvelados, ojerosos pero muy alegres, mentándole su madre al gobierno espurio en ese zócalo tan tuyo, tan nuestro, en esas fechas donde el dolor estaba a flor de piel, cantábamos canciones del palomas o trovas de Silvio Rodríguez, ataviado de tu sarape cubriendo el cuerpo, la gente pasando a escucharnos y aplaudiendo nuestros reclamos, así deseo recordarte amigo, caminando sobre las calles que fueron nuestras, y que ahora se van contigo, como tu Cuautla, tus plazas tus museos esos de los que nos contabas y que nos evocaba que soñáramos en la toma de la ciudad y en el general Zapata, hoy caminas tus calles esos lugares por donde creciste y conociste a los amores de tu vida, donde viste nacer a tus hijos y te llevas sus caricias, sus sonrisas, ahí donde se encuentra la estatua del niño artillero donde por las noches después de algún evento caminabas sin problema alguno apurando los pasos para llegar a verlos.

Hoy tomas otros rumbos, caminos de recuerdos y de fotografías sin enmarcar en cuadros que ya no existen pero que los estamos viendo en cada palabra de tu nombre escrito en las manos que te hemos saludado y en los abrazos dados, hoy no estaremos en esas madrugadas de frio de años anteriores, ni en las noches de estrellas caminando a la ribera del rio que cruza Cuautla, pero has dejado la huella en tu lucha diaria y en la herencia moral de tu familia, no podre acompañarte pero te contare el final de la historia con pelos y señales, del “cambio verdadero” que ha sido nuestro sueño, hoy tu guitarra que tantas veces te acompañaba se quedara esperando tus manos, no mires atrás que el llanto cubre los ojos, no mires los recuerdos porque para ti ya serán futuros inciertos, tan solo sigue tu viaje hermano, cántale a la añoranza y sonríe, sonríe mucho pero sobre todo descansa, descansa mi ruy, mi superchango…   

G.C.


viernes, 12 de mayo de 2017














Dedicado a mis hijas con mucho amor...


Era un “perro”…
Era un perro, si, con el pelo crespo cuan  largo que apenas se le apreciaban los ojos, de ancho pecho, patas gruesas, firmes y fuertes, era solo un cuadrúpedo canino que arribo de forma inesperada al hogar donde se le dio calor humano, tratado como igual (con sus asegunes); soberbio, altivo, egocéntrico; se daba el lujo de permitir que el mundo girase a su alrededor para ser el centro de la admiración, le congratulaba ser contemplado por los transeúntes en sus salidas a la calle, admirado por personas que le veían pasar a su lado, sus movimientos eran de tal forma y con tal sutileza semejando a un niño el cual busca la cálida sonrisa y el consentimiento del adulto.
La primera vez que le vimos; era un animalito indefenso, pequeño, inseguro, solíamos sostenerlo en una sola mano, tenía los ojos tristes, el miedo en su cuerpo, la cola metida entre sus patas; deambulaba cayéndose sobre las baldosas del piso de la casa, su nuevo hogar. Transcurridos los días para el pequeño poker, era todo una aventura, recorrer los pasillos, aprender a comer en un lugar, (su espacio); le construimos un palacio con pedazos de cartón, con su nombre pintado en letras negras sobre la entrada de su puerta, le acomodamos una cobija para el frío y cuando despertaba, salía disparado a sus necesidades diarias y cuantas veces se equivocaba y corría para el otro lado de la sala ganándonos la risa.
Si, era un perro, pero con el aprendimos a conjugar el pronombre posesivo; “tuyo”, cuando las travesuras eran tantas que buscábamos culpables entre nosotros para echarle la culpa, “mío” cuando le chuleaban por la calle o aquellas veces cuando solíamos salir a correr y no se detenía hasta alcanzar su objetivo al ir trotando a mi lado, “suyo” siempre suyo y sobre todo cuando llegaban los niños encaramándose sobre de él, mientras oponía una leve resistencia para terminar dejándose hacer diabluras de los peques. De alguna forma esos pequeños granujas se lo ganaron, era de “ellos”, de “ellas” las chicas que le cuidaban y atesoraban sus días cuidándolo en sus enfermedades. Al paso del tiempo en sus cuatro años termino siendo “nuestro”, nuestra responsabilidad, nuestro perro, nuestro amigo, y un sinfín de, nuestro.
Probablemente no fuimos los mejores amos, ni sus mejores amigos, pero le amábamos a nuestra manera, a la manera de los amos primerizos, aprendimos juntos o al menos lo intentamos de aprender de él como el de la familia. De la misma forma le veíamos contorsionarse y darse a querer, sus actos nos llenaban de alegría, rememoro esos días al amanecer cuando se desperezaba con movimientos felinos rasgando la puerta donde solía dormir para salir disparado, entrar a su baño y regresar a estirarse dando los buenos días moviendo su cola. Después llego random y juntos fueron, demasiado, los alegres compadres, jugaban o se peleaban por ser los líderes de la manada y terminaban uno castigado y el otro también.
No tenía raza pero era de todas a la vez y suponiendo que en algún momento de su existencia se dio cuenta de que era un perro, se dormía acompañado en la recamara de las hijas, era apapachado por los hijos, regañado por todos y daba desplantes cuando se le llamaba la atención, como cualquier chiquillo. No le agradaban los perros, cuando solíamos ir  al parque de los perrijos se apartaba de ellos para jugar solo y  no le agradaban los niños ni se dejaba tocar por ellos…hasta que llegaron esos bajitos adorables que no les importaba su mal humor ni sus gruñidos, ellos le abrazaban, besaban, acariciaban, jalaban la cola, poker al principio se enfadaba, pero de tanto mirarlos y sentir sus garras sobre su cuerpo fue cuando se dio cuenta de que nunca podría evitar el cariño de los niños y lo aguanto todo, a tal grado de que cuando no estaban los chicos los buscaba, los extrañaba y ellos a su vez preguntaban por él.
Era un perro, si, y le encantaba salir a correr, sentir el aire entre sus patas, entre la melena o entre la piel cuando le cortábamos el pelo, saltar los charcos; jalar su correa para intentar soltarse para correr solo, para ser el más rápido, sin importarle absolutamente nada de cuanto ocurriera a su alrededor, ni siquiera se fijaba en los demás  perros que pasaban a su lado. Gracias a su llegada, un día, después de veinte años pasados sin hacer ejercicio, me cale los tenis, tome su correa, su botella de agua, me puse ropa deportiva, salimos a trotar, primero unas calles, luego al parque, cada vez mas distancia y más tiempo, se hizo costumbre, cada vez que deseaba salir, al verme llegar, ladraba, brincaba y corría de un lado a otro meneando la cola  sin perder de vista su pechera para aventurarse por las calles entrenándonos para alguna carrera.
Era solo un perro, y una mañana despertó enfermo, su cara entristeció,  sus ladridos se ahogaron en gemidos, de pronto se veía decaído, no pudo salir a correr como tanto le gustaba, nos miro a los ojos mientras intentamos todo a nuestro alcance para su alivio. Se despidió de la familia, lo abrazaron los niños, paso la tarde con ellos, deambulaba con sus pequeños amos mientras ellos se entretenían con sus juegos. ¿Qué fue lo que paso con su salud?, preguntamos a su doctora, algo que comió, era de nacimiento tal vez, su dolor era constante y su delgadez cada momento era más evidente, los días se escurren como el agua y no había momento en que pudiéramos creer en su sanación, lo intento, por supuesto que lo hizo, percibía que sufríamos a su lado, por las noches le tapábamos con su franela, le acariciábamos incluso le proporcionábamos palabras de aliento, se quedaba dormido, tiritando de frío, la última noche le acaricie el lomo le tome las orejas, me despedí de él, se durmió intranquilo con su piel en los huesos, la promesa de su doctora que de seguir así tendría que tomar la decisión de dormirlo para siempre. Muy seguro estoy que durante esa noche, soñó con sus carreras sus brincos, sus volteretas, con el viento golpeando sus orejas como siempre intentando atrapar cualquier tipo de pájaro al que nunca por mas rápido que fuera pudo dar caza, cierto que soñó con su mejor amiga esperando sus palabras de aliento y su adiós, soñó sus juegos y su familia. A la mañana siguiente le dimos  el último adiós e intentamos salir a nuestros deberes, todo estaba preparado para el paso más difícil que podríamos haber tomado. Poker, medio levanto la cabeza, nos miro a los ojos, se quedo en silencio, recostado sobre su colchón, recordaría a una de sus amigas que estaría en la escuela llorando por dentro, esperando un milagro si existiera para alcanzar  a ver su mejoría y suspirando de hito en hito al recordarlo entre las líneas de lenguas extranjeras de sus libros, mientras su otra amiga con el corazón desgarrado le acaricio el lomo, le tomo la pata y en un último adiós entre sollozos se despidió de su perro, le dejo solo, su amigo, su hermano, random su fiel escudero se acerco a olerlo, le froto el  hocico a su cuerpo lánguido y se fue a echar a su lado para protegerlo de que nadie se acercara a molestarlo, entreabrió los ojos y de pronto se sorprendió en la puerta de la entrada de un campo verde lleno de flores y aves de todos tamaños que surcaban los aires en parvadas viniendo a bajar a unos paso de donde se encontraba, rasgo con su pata la puerta y esta cedió ante su fuerza recuperada, avanzo unos cuantos pasos, volvió su rostro a la entrada luego al campo y corrió a perseguir las aves mientras la puerta se cerró detrás de él, su amigo aguzo el oído, aspiro el aire y volvió a su posición de espera mientras nuestro amigo guardo para si sus dolencias, supongo que lo hizo para no mortificar a nadie y el día trece de marzo a la mitad del día, cerro su mirada para siempre…era solo un perro pero fue nuestro amigo, parte de la familia, compañero de los días en que solíamos correr bajo los árboles mirándonos de reojo, mientras el aire nos golpeaba el cuerpo y el sudor perlaba nuestras frentes y nos perdíamos entre las calles que eran nuestras.

G.C.
15/marzo/2017
©DerechosReservados®



miércoles, 10 de mayo de 2017



ERES #MORENA
 (FELIZ DÍA DE LAS MADRES)

Has nacido, en cualquier parte, mujer de cualquier país, en una época cuando aun no llegabas a mi vida y fueron tiempos que no me tocaron vivir. Has vivido tu niñez según la cultura que te rodeaba y aprendiste a ser esposa, madre niña, mientras jugabas en tus  jornadas de sol a sol, trabajando, levantándote antes de clarear el día, comiendo cualquier cosa, yendo a la escuela por hacer algo, pero la abandonaste  cuando descubriste que lo más importante para tus padres era el trabajo.  Tus juegos fueron más de adulta en el transcurso de tu adolescencia que de la infancia que abandonaste en cualquier lugar de un rincón de tu casa, fuiste adulta joven y te casaste con los sueños y esperanzas de muchas mujeres que como tú , buscaban su felicidad en los brazos de algún hombre que se presento ante ti en algún momento del cual muchas veces te reservas los detalles quizás para recordarlos en algún momento o al contrario, deseas perderlos como lo perdiste a él  cuando huiste con lo poco que tenias encima, tomaste a tus hijos y saliste con el llanto en los ojos, cerraste la puerta tras de ti con la certeza de que las cosas ya no pudieron ser las mismas, te armaste de valor, de coraje, de sentimientos encontrados los cuales  llenaste todos los días en la responsabilidad de ser madre…
Eres #MORENA, como la tierra de tu pueblo que te vio nacer, con la piel curtida por el sol de las mañanas y el humo de la leña donde cocinabas tus comidas, eres #MORENA, como la virgen a quien elevabas tus plegarias en tus noches tristes llenas de soledad acurrucada a tus hijos  y a tus  congojas, fuiste dotada de voluntad y de entereza, tomaste decisiones que cambiaron el rumbo de tu vida y que nunca ni por un minuto siquiera, reprochamos, saliste de tu pueblo, de tu ciudad al mundo citadino, al gran dragón de la capital  con la carga invaluable de tus hijos, te estableciste en las calles de una ciudad que te devoraba si te quedabas quieta  y llorabas muchas veces cuando sentías el peso de la soledad, que llegaste sin conocer a nadie, sin un lugar fijo,  pero cada día te despertabas de madrugada a preparar tus días de trabajo doliéndote el alma  al dejar a tus hijos encerrados y al cuidado de tu Dios, les diste el ejemplo de aprender a leer a fuerza de buscar trabajo en las calles de la gran ciudad, hiciste lo que pudiste para que siempre se aferraran a sus sueños, les confiaste ejemplos concretos para ser buenos ciudadanos, ellos tus hijos  tomaron lo que pudieron de la vida y estas orgullosa de sus logros y sufres con ellos sus derrotas pero siempre diciéndoles que hay que levantar la cabeza para salir adelante.
Eres #MORENA como el azúcar que endulza con su ser la hiel amarga de la derrota, eres el refugio donde tus hijos regresan para salir fortificados cuando se sienten desvalidos, eres #MORENA, de todos los municipios y ciudades del México ensangrentado y les lloras a tus hijos yertos ,inertes, convalecientes, eres amable, ruda, humilde, guerrera, eres la espera, eres la marcha  con los pies cansados en calzadas que no conoces, eres  las noches en vela esperando con los brazos extendidos a tus hijos perdidos en una guerra que no es la tuya, siempre sobresaltada de recibir una llamada, un golpe  en la puerta, algún anuncio en la tele, algo que te estruja el alma pero lo deseas para poder mirar y tocar el rostro de tus hijos desaparecidos.
Eres #MORENA, te llaman de mil maneras y tienes infinidad de nombres, mujer, sueño, esperanza, vida, gratitud, eres la historia de esta patria conservada en tus manos y en tu piel agrietada por las arrugas, en la cabellera plateada que amarras con una liga, con una trenza, eres la historia transmitida de generación en generación por tus ancestros, por tus mayores, por tu abuela, por tu madre. Eres la esperanza de un pueblo, te levantas mucho antes de que despierte el sol  de que el gallo mañanero cante con su grito sobre todo el pueblo y te cuestas a descansar un poco tan solo un poco hasta escuchas llegar  y ves  al último de tus retoños entrando a casa, bendiciendo en tus oraciones al México de tus amores.
Eres #MORENA como las mujeres del sur que caminan hacia el  México donde han dicho los que saben que muchos centroamericanos atraviesan en ese tren maldito de la muerte donde son sacados a empujones descubriendo que en algún punto de este País donde ahora marchan con la fotografía gastada de sus vástagos, fueron masacrados, torturados, aquí en este lugar buscan esa luz perdida, siguen la ruta que siguieron sus hijos, quemando sus cueros con el clima de estos lugares, donde todos hablan pero nadie hace nada.
Eres #MORENA, ejemplo de fortaleza y templanza inquebrantable forjada día a día, cuantas veces te vi  llorando la derrota de tus sueños y esperanzas, en el corazón mismo de la antigua Tenochtitlán, la plaza principal de la capital, a pesar del llanto derramado tomaste  las manos de tus hijos, de tus nietos, de tu #PROLE y con la voz quebrada y el alma partida sentenciaste:”Pueden llorar lo que quieran pero no pueden dejar de luchar por su futuro”…
Eres #MORENA, creadora,  innovadora, alegre, dicharachera, eres magia para dar de comer a tus hijos en las situaciones adversas, eres caricia de manos trabajadoras, eres lucha incansable, eres la risa que despierta en nuestros oídos, eres la Adelita que comparte nuestra lucha, eres amiga, eres Mexicana, eres tierra, mar, caminos, encuentros, despedidas, oraciones pero sobre todas las cosas eres MADRE…

G.C.

11/01/2016

viernes, 28 de abril de 2017




QUISIERA AMAR HOY…

La música circunda entorno a  la cabeza en pequeños valses armoniosos que no claudican, como el humo del cigarro que no termina de desaparecer en tintineos celestiales, las manos del director de la sinfonía, presto, dibujando en pases tan profundos cadenciosos de un lado al otro de su cuerpo extrayendo melodías, acordes, tan excelsos, tan rítmicos que aun los que no entienden la música clásica  les gana una lagrima de satisfacción al escuchar los violines llorar en las noches de lluvia sobre las constelaciones de los planetas más distantes.
Como quisiera amar hoy, en este momento y en este instante, con la misma intensidad con la que se mueven las cuerdas de las guitarras y el violonchelo rasgados de ternura en la noche de los sueños profundos, deseo tanto amar, una cara, unos ojos, expresivos por supuesto, el rostro perfecto de mis ensoñaciones en aquellas quimeras de mi juventud anhelante de crecer o aquellas de mi niñez, cuando me enamoraba de tal forma y tan íntimamente como solía ser en ese entonces, retraído, ensimismado, callado, serio, reservado, escribiendo canciones imaginarias o palabras de amor entrelazadas a los nombres que repetía sin cesar hasta clavarlos en la piel como tatuajes que se adherían penetrándolo todo. 
Como quisiera amar ahora como entonces y salir a la calle a recibir la lluvia golpeando la cara para confundir las lagrimas que pugnaban por emerger de los ojos amorosos de quien espero por muchos años el momento idóneo para permitir que el llanto fluya al mismo tiempo que las nubes cargadas de la destemplanza fluvial. Amar tan tiernamente y ser amado entre las primeras caricias de unas manos delicadas, firmes, que escriben el nombre amado en cartas de amor que en estas épocas ya no circulan, como esas notas donde escribí su nombre envolviendo la hoja arrancada del cuaderno de matemáticas  entre los pétalos de una rosa roja que por aquellos ayeres cuidaba en los jardines donde trabajaba como jardinero y cultivaba las rosas a las que les hablaba de la forma en que deseaba los labios purpurinos de la chica amada, esas presentes mal dibujadas con poemas que desparramaban tanta miel que se escurrían entre las manos y que por alguna razón inexplicable jamás llegaron a su destino perdiéndose entre las cajas olvidadas llenas de polvo como los recuerdos donde por alguna insospechada razón regresan en estos momentos cuando la melancolía pugna por salir de entre mis ojos, y un nudo me hace carraspear mientras escribo rememorando los rostros, los nombres y sus caras. 
Como anhelo amar en este preciso instante de la mediana edad, despertar en las madrugadas acongojado, mientras los oídos escuchan el siseo de los viejos discos de acetato apartados de los recuerdos llenos de letras tan sencillas, simples y cursis plagadas de miel cubierto de amor, transpirando, latiendo y palpando amor, con los ojos a punto del llanto al escuchar los estribillos de la canción, evocando los momentos de soledad mientras la adolescencia jugaba a transformarnos en ser mayores, escribiendo poemas en cualquier cuaderno dejado en quien sabe que rincones para luego ser cubiertos con los años empolvados de olvidos y desmemorias compartidas, entre las telarañas de crecer y “madurar”. 
Quiero amar con todas las fuerzas del alma para transitar a la reciprocidad de ser amado no importando la imperfecta desazón de la palabra amado, emerger en fuegos de artificio justo en los momentos cuando la vi girar su rostro en la misma dirección y en el mismo instante en que  levantaba la vista y nuestras miradas se encontraban, arrebujadas al menos mis mejillas de un rojo encendido dibujando una mueca a modo de sonrisa, mientras sus labios se abrían en pos de una fresca sonrisa ganada con la tonteras que siempre se me ocurrían. 
Deseo tanto amar, aprender a cobijarnos con los brazos tibios caminando sobre las calles nuestras o tomados de las manos mirándolo todo como por primera vez, sintiendo mariposas revoloteando desde el estomago hasta el pecho, erguido de placer de tener a quien amar por tanto tiempo, inventando frases nuevas construidas a base de sonrisas ganadas por cada mañana perdida pero encontrada en sus ojos picaros de extraña mirada, sentados en las fuentes disfrutando el solo placer de tenernos por un instante, olvidados del tiempo y de la distancia, en ese lugar bajo los pinos que nos envuelven entre las sombras tomar su carita entregarle en un beso todo el amor encerrado en las soledades de tiempos inmemorables…


G.C.
27/04/17
©DerechosReservados®


martes, 14 de junio de 2016

Adán y Eva en Nueva York


Adán y Eva 2016 en N.Y.

La luz entraba sigilosa por el gran ventanal, cubriendo parte de su cuerpo desnudo, envuelto en una suave sábana de satín rosado. Eva abrió los ojos, por un instante se encontró desubicada. Fue un breve instante, quizás un suspiro mientras se espabilaba en su lecho. Escucho ruidos provenientes de la habitación contigua, sonidos de tazas en movimiento y un intenso aroma embriagador de café  recién preparado. Adán entró en la alcoba, contempló a su amada… Le tendió su mano ofreciéndole la taza. Ella ronroneo algo ininteligible, se descubrió el cuerpo; gateo sobre la cama en pasos pequeños mostrando sus nalgas, repitiendo con su voz suave y angelical, su nombre de pila. Él colocó las tazas sobre la mesa de noche, se desnudó nuevamente en pos de ella , para volver a entregarse en esa pasión sexual que no terminaba de cansarlos -un sexo suave como el de la noche anterior.
Se zafó de los brazos del hombre moreno que le apresaban la cintura, gateó a la pared de rodillas, se apostó con los brazos extendidos sujetándose al muro blanco, volviendo el rostro cuando sintió el aliento de Adán en su nuca; sus cuerpos entregados, desfogándose en esa lucha perpetua que sucumbe a los amantes a lo largo de la historia; esas aventuras cantadas en las canciones escritas en hojas de cuaderno tiradas sobre el piso, mientras  se las cantaba al oído la primera vez que se entregaron a su pasión. Ahora los gemidos y las citas de amor sobre la cama eran todo lo que se escuchaba ese día de mayo del 2018.
Dos horas más tarde, el silencio fué el ganador de  la batalla, donde todo era quietud… El hombre  exhausto, sudoroso, sintióse cansado y reposando su cabeza en el pecho de la mujer que amaba, entró al mundo de los sueños quedándose profundamente dormido. Ella entornó los ojos mientras tomaba a pequeños sorbos el café, para entonces ya frío, mientras acomodaba sus pensamientos y rememoraba el encuentro del día anterior, el instante mismo cuando lo observó bajar del avión que lo trajo hasta ella. Ahora lo tocaba físicamente sin que nada les estorbara incluso la computadora en la cual hablaban por horas o se pasaban el tiempo enviándose videos y fotografías.
La tarde anterior fue toda una revolución para ella, evocaba los momentos previos, mientras terminaba una de las tazas de café y comenzaba la otra. A partir de la mañana los nervios se le presentaron, cuando comenzó a ordenar las canciones, los zapatos, su ropa, la misma que se vistió  y quitó varias veces contemplando su perfil en el espejo de cuerpo entero, ordenando y limpiando su casa, hasta dejar transcurrir el tiempo, mientras las tensiones del día continuaban. Se sobresaltó al recibir el primer mensaje que le indicaba la hora en que tomó el aeroplano y mirando su reloj de pulsera para calcular el tiempo de llegada, se metió a bañar, disfrutando como siempre el caer del agua sobre su cuerpo, tarareando las canciones aprendidas de memoria:
"No teníamos planes y nos encontramos frente a frente../No teníamos pensado amarnos, pero ya nos habíamos amado antes.../No teníamos caricias estrenadas, pero cada noche, acaricias mis sueños húmedos…”.
Se ajustó el pantalón, se enfundó la blusa azul celeste para acentuar la miel de sus ojos, cogió su guitarra, fiel instrumento que le restableció la paz muchas veces en  las noches de insomnio, cuando se pasaba escribiendo notas musicales que cantaba y cantaba en todos los lugares donde encontraba un momento de soledad para apaciguar su mente “No te enfades, si te llamo en mi silencio, /si te escondo en mi corazón y cuando más te necesito, te hablo.../¡¡¡Imagina!!!/Si te necesito a cada paso que doy/¿¡Cómo no hablarte desde la ronquera de mis latidos!?/Y que eso te diga que te amo.../¡...porque te amo..!”.
Nueva york se le hizo de pronto una nimiedad, Caminó por la  acera de la **110th Street, del Central Park, matando el tiempo que le restaba, para ver los ojos del hombre que le había robado el corazón hacía ya algunos años. Apresuró el paso para tomar el taxi en esa tarde de plena primavera –¡Directo al aeropuerto por favor! -dijo al  chofer, mientras sonreía de nervios. ¡El auto devoraba las calles y el tráfico! En su mente  recordaba las canciones escritas “saludé a tu boca sobre mis/tus besos; a tus dedos/ recorriendo los poros de mi piel,/cada centímetro de estremecimiento,/de temblor…le dije al centro de mi cuerpo,/lo necesario de pensarte y de tenerte y el vacío vino a decirme/ que tú no estabas y le di permiso al placer,/ de recorrer esa intimidad con prisa,/para no llorar sin ti…”. La tarde, reflejó sus nervios, llegó al aeropuerto, se dirigió a la sala de espera, por un momento sintió las miradas furtivas de las personas que se encontraban a su lado. Mientras salían los primeros pasajeros, las manos le sudaban y el menor ruido de las puertas de acceso le acrecentaban la inquietud. Adán, apareció y fue a su encuentro. Sus miradas se encontraron, se perdieron en un abrazo prolongado y buscaron un primer e intenso beso en sus bocas.
Adán y Eva encontrandose en N.Y., en la noche de luces encendidas de neón, como los anhelos de entregarse, los pecados en libertad en esa noche: Adán y Eva, en el paraíso de los rascacielos, donde la gran manzana del conocimiento redondeaba la dicha de pertenecerse, de recorrer sus cuerpos, reconociendo sus pasados perdidos, los besos robados. Caminaron tomados del brazo como adolescentes y se besaban en cada esquina; ella le mostraba los  lugares que en sueños caminaban juntos, los edificios que le recordaban su esencia y le cantó al oído repitiendo su nombre. entrelazando sus cuerpos, sin dejar de hablar de los tiempos perdidos. Llegaron al hotel, a su nido de amor por una toda una semana y cerraron la puerta del cuarto, las horas dejaron de existir, perdiendo su valor ante ellos, eran los amantes entregados… Afuera, quedaron las noches de soledad, los días de llanto, la melancolía.
El conocimiento les había hecho construir un muro donde no era permitido la entrada a nadie más que a ellos y se entregaron al sexo de sus cuerpos por horas, hasta quedar desfallecidos.
Adán se despertaba cada mañana para salir a caminar por el parque y regresaba a donde su amada lo esperaba, dejando transcurrir los días ante ellos, amándose mucho, hablándose tanto. No dejaron pecados sin usar y las campanillas de la música tintineando en su cabeza “No me importa el tiempo.../ tampoco huyo de él, ni de mí.../ lo único que deseo es que se me permita verte y abrazarte/ tan fuerte que me hagas salir el llanto,/ porque necesito que salga, /que reviente, que fluya/ como cascada en caída libre,/ ¡para liberarme de la prisión de tu ausencia!/.
El tiempo, único capaz de romperlo todo, de atropellar con su cruda realidad las horas transcurridas, marcó el final del encuentro. Ella ya no era la misma mujer que llegó a buscarlo una tarde de mayo y él se transformó en el amante de las noches contadas, donde se amaron tanto, que les costó dolor entender la separación. Caminaron por la manzana, única testigo de su amor clandestino, ella arrasada en llanto -pero feliz- él encerrado nuevamente, en su burbuja de soledad abrazada -y dejada a un lado- mientras disfrutaban de una semana, que llegó a su final esa misma tarde. Adán vio el rostro de ella cuando giró por última vez al entrar al andén donde retornaría a su vida tan simple. Eva no le miró las lágrimas que recorrían sus mejillas, indicándole un adiós o un hasta siempre, cuando a la manzana del conocimiento volverían, para perderse entre las almohadas de las noches estrelladas, entre el deseo y el amor perpetuo.

G.C.

©DerechosReservados®


11/06/2016

miércoles, 1 de junio de 2016

A Gabo a un año de su muerte...


A Gabriel García Márquez
6 de marzo 1967-17 de abril 2014

Gracias,
Si se pueden dar las gracias a quien me regalo
palabras que he leído en cualquier muro donde
se pueda escribir sobre amores y personajes
que se vuelven tan nuestros.
G.C.


Soñé despierto, en mi ensoñación  caminaba a lo largo de una vereda mientras el sol golpeaba el rostro lo que hacía difícil observar detenidamente lo que se pudiera encontrar  adelante del camino, ni siquiera haciendo sombra con mi mano sobre la frente, a lo lejos distinguí un hombre enjuto manejando una carreta, sentado en ella, traqueteando sobre la carretera de tierra, llevaba un gran cubo de hielo del cual brincaban destellos de luz y finos cristales al paso del camino, al transitar  a mi lado hizo un gesto con el ala derecha de su sombrero de paja, sin pensarlo un segundo le correspondí el saludo, el agua cristalizada en un gran cubo bailoteaba brillando con el arcoíris entre sus paredes de agua, de inmediato evoque MACONDO, al coronel Aureliano, incluso me pareció escuchar el batir de alas de mariposas amarillas sobre las flores dispersas en los campos sobre los cuales mis pasos me llevaban, divise pueblos, lugares, ríos, como aquel donde vi una pareja de viejos enamorados sobre la proa, personajes de los libros que me eran comunes, algo así como esas evocaciones que nos van rememorando a  sitios que hemos abandonado en nuestra niñez o en plena juventud, con los libros bajo el brazo yendo a todas partes sin separarse de ellos por temor a no terminar de leerlos; mire montañas, ríos, pendientes, lodazales, vi rostros curtidos que me eran harto  familiares, para luego mirar y tentar las letras, frases escritas detalladamente sobre las hojas de los relatos en los libros que llegaban a mis manos, por ese entonces.
 Me encontré confundido, no atinaba a comprender si lo que yo creía haber visto era solo  atisbando los detalles en  imágenes surgidas de mi mente  o lo había escuchado en las oraciones que leí en esos libros los cuales de tanto cambiar sus hojas, se deshacían en pedazos colgantes de trozos de papel, aquellos que durante varias noches de mi infancia y juventud leía y releía, como en esas noches cuando mi madre angustiada me obligaba a detener la lectura para indicarme, me fuera a dormir que de tanto seguir con la lectura según ella, me daría pulmonía, por el frio que se colaba en nuestra habitación vieja y derruida. En algún momento en el intento por buscar al hombre al que nadie avisaba que lo buscaban para asesinarlo, o al coronel que nadie escribía y darle el apoyo de ser lo que fue en sus tiempos mejores, entre la vegetación de los países tropicales, me pareció distinguir a la vista, un hombre anciano que me llamaba, levantaba su mano, se acomodaba sus lentes cuadrados, sonreía, extendió su mano hacia el cielo al igual a esos magos de antaño que sacaban flores de su sombrero y como la magia realizada, sobre las nubes iban surgiendo extractos de palabras sueltas como ramilletes de flores de primavera, sin dificultad podía leer los mensajes que discurrían bajo el manto blanco de las nubes bajo el cielo azul, discursos, frases sueltas, metáforas, el personaje en cuestión guardo silencio mientras  veía al mismo tiempo que leía parte de la lectura en el firmamento, surgían como un torrente de agua, en mi mente, títulos de libros, esos que en alguna época más loca soñé haberlos escrito, plagiado de los autores, que cuando terminaba de leerlos esperaba encontrar en la guarda algo más, algo que me indicara que los autores se les había olvidado  escribir,  siempre me quedaban dudas o esperanzas fallidas de lugares o personas, me imaginaba ver en la proa del barco a  Fermina Daza y a Florentino Ariza o me veía defendiendo con ahincó a Santiago Nasar, mientras las imágenes y palabras daban vueltas en mi mente vi de reojo a este personaje, mago de las palabras, retomar su camino, embelesado en tantas letras apenas distinguí cuando este hombre paso a mi lado me toco el hombro dándome un apalmada y  despedirse en un atardecer nublado a punto de caer  la lluvia, me quede callado no pude decirle palabra alguna, vi sus pasos marcados con el barro de sus zapatos, mire la yerba crecida en ese tiempo de inicios de primavera, observe una parvada de aves graznando y una música suave  que se perdía en el horizonte junto al hombre que guardaba sus lentes y desaparecía, se perdió en el horizonte llevándose ramilletes de mariposas amarillas junto a él.


G.C.
19/04/16

©DerechosReservados

miércoles, 25 de mayo de 2016

La Dama Del Pasajero Del Último Vagón De La Soledad...



LA  DAMA DEL PASAJERO DEL ÚLTIMO VAGÓN DE LA SOLEDAD…

Carol, se incorporo del sillón donde se encontraba descansando, de vez en cuando miraba de reojo hacia la mesa de centro, donde el reloj marcaba las horas y la muerte de los segundos que se perdían detrás del tiempo. Se sintió mareada, signo inequívoco de que esta noche, las musas que cubren la tierra vendrían a tomarla prestada, a secuestrarla, con la única intención de que surja la poesía o las pinturas como las estrellas que mira a través de la ventana. Se levantó de su asiento, caminando con lentitud hacia el cuarto que ocupa como estudio, sintiendo ese ligero temblor de los labios, la pesadez de encaminarse, porque al pasar del tiempo, se ha dado cuenta que el pasajero nunca llega solo, siempre le acompaña el llanto, la melancolía, esa sensación de vacío en el estomago que penetra los poros de su piel. Sus pasos atraviesan el pasillo que la lleva directo donde están sus trabajos, su  vida entera y el encuentro consigo misma; espera un poco  antes de entrar, semejando una más de los miles que se transportan en el metro de la gran capital, espera que la puerta se abra para que el calor  encerrado en el vagón, le llene el rostro y no permita que lagrima alguna caiga sobre su mejilla, lagrima cargada de sensibilidad encontrada, sentimientos descritos con metáforas, los mismos que estuvo leyendo y le angustiaron el corazón, mientras las palabras salían de su boca seca, de tanto leer el sufrimiento de los padres que han perdido a sus hijos, le hiere esa conmoción de pérdida, como cuando era niña y descubrió por vez primera que el caballero de las noches sombrías le acompañaría por muchos años.
Entro al estudio, a su lado derecho estaban los cuadros sin terminar, los papeles donde empezó a escribir poemas inacabables encima de una mesa, donde reposaban las pinturas y del lado izquierdo los caballetes y a su lado el marco blanco testigo mudo de su transformación, en ésta noche donde el llanto surca las mejillas, mojándolo todo, mojando el cuerpo de Carol, la blusa que se pega a su piel blanca, como la nieve, empapándose a causa del rio de lagrimas, mojando su pasado, su presente, su futuro incierto; el maldito pasado de dolores ocultos, de pecados sin pecar,  de tardes en la playa robando estrellas y palabras que luego escribía en pedazos de papel, y terminaba llorando al verse reflejada con toda la aflicción y el llanto no paraba. Tomó los pinceles y el muro blanco se perló de color. El primer trazo fue de rebeldía, de llegar a ser lo que siempre soñó y que  hubiera logrado ser, de habérselo  permitido años antes; de la libertad de elegir y ser libre como las novelas que leyó aprendiendo de memoria algunos textos durante su adolescencia. Aquellas  donde los amantes terminaban la vida juntos y felices para siempre. El trazo siguiente fue de coraje, sentimiento que no conocía; había leído de él en los diccionarios que le llegaban a las manos donde aprendió su significado, y constató con demasiado dolor el día que leyó sobre las madres que habían perdido a sus hijos por razones que todavía no entienden y el alma se le estruja, cuando a sus palabras de dolor y de angustia claman a los cuatro vientos su pronto regreso. Carol se lleno de coraje y del mismo dolor de esas madres que se encadenaron a las rejas donde nadie abre para darles esperanzas; con su voz fina resquebrajada al leer la descripción de lo ocurrido en esa noche aciaga, de pensar en  la angustia al saber que los vástagos de esas madres no retornaban a sus hogares durante dieciocho meses, coraje al leer lo que habían sentido en la noche de iguala mientras recibían reportes que les hablaban de tiroteos entre civiles y desconocidos, angustia de la espera, del maltrato de las autoridades y de la gente que no se ponían en sus zapatos; coraje de verse humillados por ese gobierno que les dice “ya lo olviden”, ¿olvidar? ¿Qué? ¿Que sus hijos, los mismos que amamantaron durante su infancia fueron cremados, metidos en bolsas de basura en el río de Cocula? ¿Olvidar que los señores dueños de la política se ufanan en dar carpetazo a un caso que no se puede ni siquiera permitir el dejar de continuar luchando  para dar término a ese peregrinar de familias enteras buscando por mar y tierra a los hijos? ¿A su andar por las calles asfaltadas en rojo, rojo del color de la sangre de los  héroes de los que le hablan sus libros de historia? Rojo intenso como el color que surca el espacio con la mano levantada, donde el pincel se estrella contra el muro del bastidor, donde van apareciendo las imágenes las cuales reflejan el yo interior de Carol, su coraje, su amargura, su llanto, rojo como la sangre de los mártires que cayeron a lo largo del mundo, sobre todo de los países donde la pobreza pega tan fuerte como las olas al chocar sobre las rocas. Rojo como la sangre de los nietos de las abuelas de la plaza de mayo de argentina o las madres de los caídos en la plaza de armas de Santiago de chile.
Mientras reflexiona, sus manos irrefrenables, presas de un incontrolable batir de movimientos, como las alas de los colibríes que tanto le gusta observar, se agitan en un ir y venir de pintura, la amargura, esa pesada losa de melancolía se pega a la dama de las manos que pintan, que van transformando su llanto de impotencia en algo nuevo plasmado en ese marco donde se miran los bosquejos de la obra que su mente ha traído desde un lugar hacia la luz del mundo. La tristeza y la añoranza viven adheridas a su ser como si ya formaran parte de ella, su cuerpo se agita en movimientos irregulares en un ir y venir de pomos de pintura mientras el llanto sigue fluyendo en torrentes de ríos de agua que no terminan, por un momento siente que sus gemidos han sido escuchados, oye pasos en el pasillo, aguza el oído, se muerde los labios para que dejen de salir esos sonidos guturales desde el fondo de su alma quebrantada, lo hace tan fuerte que un hilo de su propia sangre escurre por la comisura de los labios, <<¿Mamá te encuentras bien?>> escucha la voz de su hijo menor que le pregunta y ella compungida responde con la voz más tranquila que pueda salir de su garganta << Si papi, estoy bien, descansa, vuelve a la cama>> ordenando sin ordenar, escuchando como se pierden los pasos y el maldito llanto vuelve a surgir, y no sabe o no se da cuenta si las palabras que emergen de sus labios, se escuchan al aire o solo en su pensamiento respondiendo sin responder a su pequeño, <>.
Las horas seguían transcurriendo y los pinceles continuaban transformando el bastidor blanco en una mezcla de colores. Entre los azules y amarillos, hacía tiempo que las lagrimas habían amainado, pero le restaba la zozobra, cansancio, más de la mente que físico; las horas transcurridas sin dormir, sin descansar, hacen mella en los cuerpos por muy acostumbrados que estén a las trasnochadas. Ahí estaba ella acurrucada en un rincón hecha ovillo como intentando descubrir algo en el espacio vacío de su cabeza, como si tratara de alcanzar un rostro sobre la nada, dolorosamente inalcanzable, como se ha sentido siempre, dolores arraigados tan dentro que se han vuelto corazas impenetrables donde la obscuridad ha sembrado sus flores yertas en el mismo lugar donde se mueren los sueños, las esperanzas. Ella está ahí esperando que el hombre imaginario de sus sueños poéticos, llegue y entre por la ventana abierta de par en par para robarle un beso interminable, un beso que la asfixié; sentir unas manos que la tomen y la estrujen como hace mucho que no siente.  Entonces   vuelve el rostro con las ojeras marcadas, con los ojos arrugados de tanto llanto, con suspiros e hitos que se confunden entre sí, con las manos cubiertas de pintura, en una de ellas los pinceles usados, deshilachados, mudos testigos del dolor derramado; sobre la otra mano colgaba la foto donde un día se le veía feliz, antes de transformarse en la mariposa nocturna que es ahora. Al volver el rostro sintió que le miraban desde algún lugar del estudio en penumbras, ahí estaba contemplándola, deleitándose con ella, saboreándola, descubriendo su cuerpo tras la blusa ceñida a sus formas, a sus caderas, donde le desnudaba sin su consentimiento y ella se deja envolver, como muñeca de trapo sin control alguno, ¿cuántas noches había sentido lo mismo? Cuántas horas trepó sin dificultad al andén donde esperaba el último tren de la estación de la soledad, al último vagón donde la esperaba siempre Él, enfundando en su traje negro como la noche profundamente oscura, ya no cabe más el llanto, se lo había tragado todo y los suspiros lograban salir de su boca, de sus labios amoratados, donde el hilo de sangre hacía tiempo se había secado, ¿Cuántas noches tuvieron que pasar? Para entender que era ella, que tenía que plantar sus pies sobre tierra firme, que las ilusiones con distancias largas son pasajeras, que los años pegan, duelen los días y las horas, y por más que busque y rebusque entre las miles, millones de estrellas, ninguna podrá ser alcanzada con sus manos.
¿Cuándo dejará, el hombre de las noches solitarias, de venir a su encuentro? Sólo Carol podría saberlo…

G.C.
18/04/2016

Derechos Reservados  

lunes, 23 de mayo de 2016

El Espejo...




EL ESPEJO
“Por desgracia el espejo al tacto, perdió su equilibrio y asiéndose de mi cuerpo, caímos juntos. Mi rostro y su helada lisura, en fragmentos nos hicimos… (¡Pero siempre juntos/juntitos, nos fuimos partiendo!)”.
(“PALABRAS CONFESAS” de María Andrade)


¿Cuántas veces te has mirado en el espejo?
cristal que refleja nuestras realidades,
lugar oculto de la verdad íntima
donde anidan nuestros despojos…
G.C.

 Sophia se incorporó de inmediato, impulsada fuera de la sabana que cubría su cuerpo desnudo, se puso de pie, caminó fuera de la recamara y aguzo el oído en busca del murmullo que le llegaba desde algún lugar de la casa. Se armó de valor y salió al pasillo donde la oscuridad le pegó en el rostro a tal grado que se recargo sobre la pared para no perder el equilibrio, sus ojos fueron adaptándose, se acostumbraron a la noche, comenzó a caminar despacio, con sigilo por el pasillo que la llevaba a las escaleras, notó que las paredes estaban vacías, sin cuadros enmarcados ni adornos. De repente, el silencio fue roto por un suave susurro, como de voces que se perdían entre las paredes. Se lleno de dudas mientras bajaba los peldaños de las escaleras. A su lado izquierdo el reloj encima de la chimenea daba cuenta del tiempo transcurrido y por alguna extraña razón las manecillas se habían detenido justo a las dos de la madrugada, se dio cuenta de ello, mientras sus pasos los dirigía hacia donde se encontraba la cocina.
La luna dejaba entrar pequeños rayos de luz a través de las ventanas, por lo que se vislumbraba la desnudez de Sophia, su delgadez extrema, su piel violácea, sus pezones erectos, sus pies descalzos… Entró al cuarto de la cocina y tomo un vaso de agua del grifo. Fue en ese momento que lo escuchó claramente; los vellos de su espalda se erizaron, el balbuceo constante inidentificable llegaba hasta ella. Provenía del baño superior, su mano encontró a su paso un cuchillo de la mesa del comedor, respiro profundo, con miedo mientras se armaba de valor, subió los escalones de dos en dos, enfilo su andar hacia el cuarto de aseo y abrió con todo sigilo. La oscuridad llenó sus pupilas, todo era negro, pero ahí en cualquier lugar del cuarto de aseo ella escuchaba las voces perfectamente, sus ojos se adaptaron a las sombras nocturnas, mientras con las manos extendidas trataba de buscar algo que le indicase la fuente del misterio. Sus manos tocaron una parte de la pared, buscando con la yema de los dedos, toco metal que enmarcaba el espejo. Estaba frente a él y lo tomó entre sus manos, lo sacudió. Esperaba ver reflejada su imagen o algo a pesar de la oscuridad, cualquier cosa debería de ser reflejado. Con su mano derecha dio un golpe, como limpiando la superficie y la oscuridad dio paso a una luz intensa. Creyó volverse loca cuando lo descubrió, el sonido gutural surgía del espejo, su rostro adquirió una mueca de terror; por un instante cerró los ojos. Detrás del espejo, una cara se dibujaba, se acercaba hasta casi sentir su aliento, era un hombre con la barba crecida, los ojos inyectados, murmurando palabras que no se distinguían, al caer la oscuridad del espejo, el hombre masculló algunas frases y miró directamente hacia donde se encontraba Sophia, ella se mordió los dedos evitando que su grito fuera escuchado; lo que siguió ya no pudo entenderlo, se desvaneció en el silencio, entre la niebla, mientras su cuerpo desmadejado caía al piso, lo último que vio fue el rostro del hombre de atrás del espejo que no dejaba de mirarla…
Al despertar de su letargo, lenta, pausadamente, noto en sus piernas moretones de golpes; cardenales tal vez causados al momento de caer inconsciente en la losa del cuarto de baño, intentó levantarse, pero su cuerpo no se lo permitió, se desplomó de nueva cuenta sobre la cama vacía de su cuarto. Por un instante antes de volver a perder la conciencia, su habitación al igual que su cama se le parecieron  inmensas, llenas de una soledad extrema, que le calaba los huesos. Cuando volvió a despertar se sintió inquieta, recordaba la suavidad de su cama, pero ahora no estaba ahí, se encontraba en la sala, sobre el sillón, en el mismo lugar donde se encontraba el viejo reloj y a un lado la chimenea apagada; ella tiritando de frío, exhalando vaho de la boca, completamente desnuda. Se incorporó con algo de esfuerzo, los golpes sobre su cuerpo se habían curado, por un instante volteó hacia el reloj, desconcertada lo observó funcionando a punto de dar las dos de la mañana; con alguna inquietud se puso de pie, algo dentro de ella le decía que tenía que caminar, se dirigió hacia la cocina. De pronto escucho que el reloj había parado repentinamente y de nuevo sintió ese miedo atroz que le ha perseguido cada noche, que no le abandonaba. Entró en la semioscuridad, sin encender la luz… ¡Ahí estaba el cuchillo sobre la mesa! Como una copia fiel del último día que quedó en su memoria, lo tomó con sus dedos largos y delgados. Su cuerpo se sobresaltó. Nuevamente, el murmullo de voces se dejaba escuchar, subió las escaleras, caminó por el pasillo, pero ésta vez abrió de golpe el cuarto de baño y entró a la oscuridad total, ahí estaba el espejo sin reflejar absolutamente nada. De un manotazo frotó sobre el espejo y apareció la imagen del hombre frente a ella. En algún espacio de tiempo, mientras su cuerpo se paraliza del miedo, algo llamó su atención de aquel hombre descuidado que le miraba, incluso tan muerto de miedo como ella; el tipo con la barba mal cuidada, de ojos inyectados qué gritaba y repetía cosas que ella no entendía o no comprendía. Había algo familiar en ese tipo que no lograba visualizar, algo por lo cual le daba terror mirarle! Trató inútilmente de salir huyendo pero algo le impedía moverse, no lograba quitarse del espejo, ¡se percató cómo ese ser volteó a mirarla! ¡Vio sus ojos enfrentándose a los de ella!...
No supo más de sí… Se desvaneció. La oscuridad llegó a su cuerpo y perdió el conocimiento. Cuando despertó, corrió hacia el baño a mirar al espejo, todo estaba en perfecto orden, el espejo reflejaba todo su delgado cuerpo, absolutamente nada fuera de lo normal acontecía en ese instante. Su mente le jugaba cosas extrañas, tal fue su desesperación que Sophía rompió el espejo, los pedazos volaron por todo el baño. El odio, el miedo, el terror, todo era uno solo. No quería volver a mirar el rostro de aquel personaje, había algo en el que le aterrorizaba, además de darle miedo, por un instante tuvo un atisbo de coraje, corrió escaleras abajo, tiró las lámparas, aventó sillas, quería quitarse de la mente el rostro de aquel hombre.
Recordaba verlo en cuclillas sollozando, en su mente hecha girones surgían miles de preguntas, tratando inutilmente de encontrar algún motivo, algo que pudiera decirle, el porqué se sentía ligada a esa persona del espejo, no recordaba absolutamente nada de su pasado, como si hubiese perdido la memoria, lloro de odio, de impotencia, su coraje fue desatado, los platos volaron, todo fue destruido en la casa. Se sentó a llorar en el sillón amargamente. El hogar donde se encontraba estaba completamente destruido. Poco a poco le llegaron espacios de lucidez, abrió los ojos, ¡el terror se reflejaba en su rostro! Creyó volverse loca cuando descubrió que alguien había arreglado su casa de arriba a abajo, los moretones seguían en su cuerpo… miró el reloj ¡las dos de la mañana! Sus extremidades le pesaban como una losa, se dio valor para levantarse, sus pasos la llevaron sin saberlo a la cocina. Tenía una idea fija, tomó el cuchillo, subió las escaleras, fue directamente al baño, ¿Cuál grande fue su sorpresa?, Estaba el espejo sin la mancha negra, miró su reflejo en todo su esplendor, su cuerpo desnudo, las marcas en las caderas, grandes moretones violáceos. El hombre del espejo no estaba ahí: Sophia lloró amargamente, se llevó las manos a la cara y siguió llorando ¡había algo! ¡Lo podía jurar! Había algo en el espejo que no podía comprender, no lograba entender ¿porqué se le aparecía aquel hombre de barba hirsuta que reflejaba una locura total?. Se preguntaba por qué el espejo volvía a estar igual de entero después de haberlo estrellado en el suelo, juraba y perjuraba que lo había roto en mil pedazos. Se incorporó totalmente haciéndose una mar de preguntas.
Las lágrimas habían llenado su cuerpo desnudo. Se enjugó la cara y volviendo la mirada hacia su izquierda, descubrió  que el cuchillo se encontraba encima del lavabo donde ponía sus cosas personales. Ahogo un grito cuando sintió su presencia, al volver el rostro miro al hombre, estaba tirado en el suelo del baño ¡del otro lado del espejo!!! Ella le miró a los ojos, por un instante pudo observar, que era ese tipo quien  reflejaba terror y miedo…Sophia  soltó el llanto, llorando como nunca antes había lo había hecho. Sus brazos caídos permanecían  a lo largo de su cuerpo desnudo mientras las lágrimas le recorrían hasta los pies. Levantando lentamente la mirada, con las manos apoyándose a los lados del espejo, se percató de algo que no había notado antes, una cicatriz en el antebrazo de quince o veinte centímetros de largo, iniciaba en su codo y terminaba en la muñeca. El miedo dejó de ser suyo, se convirtió en terror, con un odio irrefrenable golpeó el espejo miles de veces con su mano, hasta que los dedos le dolieron, hasta quedar ensangrentados de tantos golpes dados al cristal que se rompió en mil  pedazos. Sophia sintió punzadas de dolor sobre su cabeza, las piernas por momentos dejaban de sostenerla, el cuarto comenzó a girar sin detenerse, la mirada del hombre tras el espejo, fue lo último que pudo distinguir mientras su cuerpo desmadejado caía lentamente, se perdió en el abismo de la oscuridad, mientras recordaba todo lo que sucedió el día que…
Richard llegó a casa, su aliento a alcohol y drogas no pasaba desapercibido. Se sentó junto a su lado sabiendo que ella no dormía, se encontraba completamente desnuda, le tocó el hombro llamándole, intento explicarle, que había encontrado otra mujer, que pronto la dejaría. Ella se incorporó de pronto, llena de furia, gritándole  que era un cobarde, que nunca le daría el divorcio. El alcohol hacía estragos en el cuerpo de Richard, se hicieron de manos, él gritaba que le tenía que dar el divorcio, ella enojada bajó las escaleras y entró a la cocina. El reloj debajo de la chimenea, marcaba casi las dos de la mañana en el momento en que con las manos  destruyó la cocina, tiró los muebles, las lámparas, el reloj debajo de la chimenea quedó inservible, las fotografías en donde se les veía feliz, ya tirados sin marcos, con los vidrios rotos…  Subió las escaleras, se encerró en el baño, el hombre la buscó al oír tanto escándalo. Cuando bajó las escaleras, entró en la cocina, por auto reflejo, tal vez, tomó el cuchillo, en el baño se escuchaban los gemidos y lloriqueos. De una patada tiró la puerta, ella estaba hecha un ovillo, tirada en el suelo, seguía gritándole que nunca le daría el divorcio. Volteó a mirarlo. Richard tenía una mirada inyectada de odio, la mano aferrada en el cuchillo. Sophia, sintió cómo la hoja filosa atravesaba su antebrazo, desde el codo hasta la muñeca. Mientras perdía la vida, lo maldijo, le susurró algo ininteligible al oído y su cuerpo cual muñeca de trapo cayó encima del espejo roto…
Meses después, cierta noche de calor intenso, Richard se levantó de la cama al escuchar algunos sonidos venidos de alguna parte de la casa, ruidos que no le dejaban dormir por las noches desde hacía meses, los estrépitos comenzaron poco antes de que lo abandonara la mujer que había llevado a vivir con él, y que lo creía loco. Bajó los escalones, las paredes estaban vacías, una especie de neblina circundaba la casa, el reloj de la sala debajo de la chimenea marcaba cerca de las dos de la mañana, la cocina estaba hecha un desastre, la losa rota, tirada en el piso, los murmullos le taladraban los oídos. –Callate- gritaba al aire, tomó el cuchillo y subió los escalones de dos en dos, aventó la puerta con el pie, el espejo no tenía la tela negra con la que siempre lo tapaba, siempre diciendo entre voces susurrantes:
-¡Perdóname, no quise hacerlo! ¡Ya déjame! ¡Ya déjame!
Se arrodilló llorando, ya no soportaba el remordimiento, miro hacia el espejo buscando su reflejo en el, pero la vio a ella, demacrada, llamándole por su nombre, la mujer del espejo dio un manotazo, vio los vidrios del espejo volar a su alrededor, el terror se apoderó de la mente de Richard, tomó un trozo de vidrio y se cortó el antebrazo desde el codo hasta la muñeca... Al día siguiente el periódico local hablaba de un hombre hallado en su cuarto de baño; probablemente un suicidio. La policía encontró en el sitio del crimen un espejo roto con el cual el suicida tomando un pedazo del cristal, se había cortado desde el codo hasta la muñeca, un pedazo de tela negra en la otra mano sobre el piso donde su cuerpo estaba desmadejado, el policía que descubrió el cadáver comento al reportero –el suicida era el mismo doctor que salió absuelto pagando mucho dinero para evitar ser encarcelado al ser el principal sospechoso en la muerte de su esposa-- según consta el psicólogo ---Su cliente Richard hablaba de una mujer que se le reflejaba en el espejo al cual le puso una tela negra, su mujer lo abandonó,--- ----seguramente,---- afirma el galeno, ---diario entraba al baño con cierto remordimiento de conciencia, hasta que definitivamente perdió la cordura,--- refiere el diario: “Tomando un pedazo de cristal se propinó una herida de tal magnitud que perdió la vida desangrado. Todo indicaba un suicidio por locura”. Salvo por un detalle que no refiere el periódico,  algo escrito en la pared con sangre que no pertenecía al muerto y que versaba así:
-“Te lo dije, ¡que serías mío y de nadie más! Te dejo en el espejo, para siempre”…

GC

03 de Mayo del 2016
Derechos Reservados

Memorias de un incondicional de los recuerdos


Memorias de un incondicional de los recuerdos


¡¡No toques mas la puerta!!, recuerda que eres de aquellos que las puertas siempre estarán abiertas para ustedes,¡¡¡ ven!!!, descansa tu abrigo sobre el respaldo de la silla y siéntate en el sillón para que descanses, hace tanto tiempo que deseaba que llegara este momento, te he esperado desde entonces y si me turbo al comentarte es que los nervios van a flote como la primera vez que te mire a los ojos, la vez que te vi danzar de un lado al otro con esa gracia angelical de una niña de once años y me ruborizaba cuando tu mirada se topaba con la mía en alguna circunstancia, o cuando mire tu pelo un día que llegaste al colegio con tu melena recortada y quise decirte que lamentaba la perdida de tu característica esencial pero que ahora te veía más linda, te he esperado desde entonces y permanecerás conmigo aunque te encuentres tan lejos y tu memoria se pierda entre los días y las horas del trajín de tu vida diaria, y si en algún momento de la existencia tus pasos se cruzaran con los míos y al mirarnos a los ojos, tu, acaso no me recuerdas, ten la seguridad que deletreare tu nombre suavemente en un tono delicado para que al escucharlo evoques un día en un año cualquiera de la distancia una voz, una mano, unos labios, unos ojos que se prendaron a los tuyos y que se atormentan cada vez que vuelves de no sé donde ni desde hace cuanto.
¡¡No!!! No digas nada, déjame contemplarte así, sin tropiezos, sin prisas, prisas de esas que nos despiertan cada mañana con el córrele de tu existencia y nos devoran los minutos sin permitir que entres en esta habitación convertida en el cajón donde guardo las cosas que he vivido que son tan solo para mí y que a veces ni siquiera entiendo ni logro entender, como aquellas preguntas que no he respondido, respuestas que no he dado, canciones inacabadas y perdidas en papeles arrugados y tirados a la basura, dibujos que he iniciado, donde solo he puesto un punto pero que es la partida para un gran mural que no ha sido inaugurado, poemas que no he escrito porque el sentimiento ha sido tan fuerte que me ha dado cobardía escribir algo tan importante y transmutarlo en  palabras que pueden ser perennes,  por lo cual dejo la pluma en el aire con la hoja en blanco para luego acordarme que he guardado muchas plumas, a tal grado que me han dicho si las colecciono todas.
No, no te vayas aun que hay miles de cosas que quisiera contarte ahora que has estado lejos por tanto tiempo distante, contarte que he deseado mirar tus ojos con la claridad de mi infancia trasgredida por tu mirada y convertida en adolescencia que me llenaba de melancolía mirarte a lo lejos sin que repararas de mi existencia, no te vayas sin que responda la pregunta que nunca te hice o que dudo ahora a estas alturas de mi vida hubieses querido decir y ese es mi mayor argumento de que sigas aquí, de que vengas cuando te plazca e intentes llevarme a esos lugares donde viví mi infancia, donde una tarde de verano cuando las palomas arrullaban con sus sonidos, en el pasillo aparte del patio del colegio enfrente de los lavabos bajo el techo de baldosas donde los nervios tenían mis manos convertidas en agua de tanto sudor, las mejillas ruborizadas, las piernas temblando ahí donde mi amigo me alentaba a avanzar, ahí entre tantas cosas que mi mente recuerda siempre como si lo estuviese viviendo en ese mismo instante, te mire a ti, caminar hacia adelante con tu uniforme escolar tus dos trenzas amarradas colgando a tu espalda, con tu mirada al frente, sin nervios, claro ejemplo de la tranquilidad que parecías haber adquirido y un halo de luz que ahora entiendo son cosas de mi niñez que solo en mi imaginación existieron, ahí en ese mismo instante donde el reloj perdió las horas, las palomas callaron, los murmullos cesaron, ahí en ese instante que la vida ha guardado, te robe un beso , solo uno, un beso en los labios húmedos de tus 11años, un beso que me quemo de emoción y transformo mi existencia porque conocí la poesía y las canciones de amor que escuchaba en las noches cuando fingía dormir y tan solo pensaba en  lo que estarías haciendo en ese mismo instante.

Ahora puedes irte tranquila, déjame con mis recuerdos y mis melancolías, déjame en el mismo lugar donde guardo todas las cosas que de vez en cuando abren la puerta que nunca cierra y entran como tú, en el preciso instante en que me siento más nostálgico, regresa, al libro que escribí en un cuaderno de pasta dura, con palabras tachadas que cambiaba o frases nuevas  que conseguía, el cual nunca leíste porque de alguna forma cambiamos nuestros  momentos juntos además de que alguien me robo justo cuando termine de escribirlo, vuelve al poema sublime jamás escrito en hoja alguna  con el cual me paso días enteros pensando, buscando e  intentando  conseguir plasmar las primeras palabras,  vuelve cuando quieras que siempre te estaré esperando  bajo el mismo lugar donde unos niños jugaron a ser palomas.


G.C.
Noviembre 28/2015
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